Cómo usar eucalipto para la congestión nasal según mi abuela

Cómo usar eucalipto para la congestión nasal según mi abuela

Una madrugada de mayo, de esas donde la neblina se mete hasta por debajo de las puertas de la casa de la finca, desperté con los pulmones pesados. Aquí en Pereira, cuando llueve seguido, la humedad se vuelve una compañera que nadie invita, y esa mañana sentía la nariz tan bloqueada que el aire apenas me pasaba por la garganta. Entre el trajín de organizar la recogida del café y revisar que los trabajadores tuvieran el desayuno listo, sentía que la cabeza me iba a estallar por la presión en los senos paranasales. Fue entonces cuando recordé el olor que inundaba la cocina de mi abuela cada vez que alguno de nosotros amanecía así: el aroma penetrante, casi frío, del eucalipto recién hervido.

Una madrugada de neblina y ruidos en el pecho

Esa mañana, antes de que saliera el sol por completo, me senté en la mesa de la cocina con el cuaderno de mi abuela. Es un cuaderno viejo, con las pastas de cuero ya desgastadas y algunas páginas manchadas de café, pero para mí es como un mapa de tesoros. Busqué entre las entradas de 2022, poco antes de que ella nos dejara, y encontré la receta de los 'vahos'. Ella siempre decía que el eucalipto era 'el médico de la montaña', aunque yo ahora sé, por el curso de botánica que estoy haciendo en Hotmart, que se refiere específicamente al Eucalyptus globulus (https://es.wikipedia.org/wiki/Eucalyptus_globulus).

Recuerdo verla siempre con un manojo de hojas secando en el patio, cerca de donde colgaba la ropa. Ella no usaba las hojas verdes recién cortadas del árbol porque decía que 'picaban' mucho el aire. Prefiero seguir su instinto. El crujido de las hojas secas de eucalipto entre mis dedos liberando ese aroma alcanforado que corta la humedad del aire es, para mí, el primer paso de la curación. Es un sonido seco, limpio, que parece que ya fuera despejando el ambiente antes de poner la primera olla al fuego.

Manos triturando hojas secas de eucalipto sobre un cuenco de cerámica artesanal.

El cuaderno de mi abuela y la ciencia del eucalipto

En el cuaderno, la instrucción era clara pero sencilla: "un puñado de hojas de las largas para un jarro grande de agua". Cuando me puse a investigar en el curso que estoy siguiendo, me sorprendió ver que hay una base técnica detrás de la sabiduría de la abuela. El curso mencionaba que para que el eucalipto sea realmente efectivo de forma medicinal, debe tener un contenido mínimo de 1,8-cineol en su aceite esencial de al menos el 70%. Ese compuesto, que también llaman eucaliptol, es el que hace que uno sienta que los pulmones se abren.

Mi abuela no sabía de porcentajes ni de cineol, pero sabía elegir las hojas. Ella buscaba las más maduras y oscuras, las que habían aguantado más sol en la ladera de la finca. Para ella, esas eran las que 'tenían más fuerza'. Yo, siguiendo su cuaderno, puse a hervir un litro de agua. Según el estándar que aprendí, la proporción ideal para estos remedios caseros en nuestra región es de unas 7 a 10 hojas por cada litro. No más, porque el olor se vuelve tan fuerte que termina siendo molesto para los ojos.

Mientras esperaba que el agua llegara a su temperatura de ebullición (unos 100°C), pensaba en lo mucho que me falta por aprender. A veces me preguntan si soy experta, y yo siempre digo lo mismo: no soy herbolaria, ni médica, ni tengo estudios formales. Solo soy una administradora de finca que intenta que las recetas de su abuela no se queden guardadas en un cajón. Es aprender sobre plantas medicinales para cuidar la salud de mi familia lo que me mueve, nada más. Por eso, siempre le digo a mi prima cuando me pregunta por estos remedios: esto es lo que yo hago en mi cocina, pero si usted se siente muy mal o tiene asma, mejor vaya al médico primero, que con los pulmones no se juega.

El ritual de los vahos: más que solo respirar vapor

Cuando el agua rompió el hervor, añadí las hojas. El olor cambió de inmediato la energía de la cocina. No es un aroma dulce como el de la hierbabuena —que por cierto, si quieren saber más, ya escribí sobre cómo preparar té de hierbabuena para el dolor de estómago fuerte— sino que es un aroma que golpea, que despierta. Mi abuela usaba un cuenco de cerámica grueso, de esos que guardan el calor por mucho tiempo, y ahí vertía la infusión.

Aquí es donde vino mi gran descubrimiento de la semana. Durante las lluvias de finales de abril, yo solía meter la cara casi adentro del cuenco, pensando que entre más caliente, mejor. Pero mi curso de Hotmart me dio una advertencia que mi abuela ya practicaba sin darme explicaciones: inhalar vapor de eucalipto concentrado puede irritar tus mucosas y empeorar la inflamación si lo haces en exceso. Ella siempre me decía: "Aurora, no se me vaya a quemar, deje que el agua repose un ratico antes de taparse con la toalla".

Esa madrugada fría de mayo, lo hice con calma. Esperé unos dos minutos después de servir el agua. Me puse una toalla de algodón sobre la cabeza, cerré los ojos y me acerqué al cuenco. Esa primera inhalación profunda sobre el cuenco donde sientes que el frío acumulado en los senos paranasales finalmente se rinde es casi milagrosa. Sientes como si un hilo de hielo recorriera desde la nariz hasta la frente, aflojando esa presión que no te dejaba ni pensar.

Cuenco de cerámica con agua caliente y hojas de eucalipto liberando vapor medicinal.

Lo que el curso dice y la finca confirma

Después de unos diez minutos de vapor, mi nariz estaba despejada, pero mi piel estaba muy roja. Ahí entendí que quizás me había pasado de tiempo. El curso sugiere que las sesiones de inhalación no deben pasar de los cinco o diez minutos, y que es preferible usar infusiones tibias sin vaporizar si uno tiene la piel muy sensible o si sufre de rinitis (https://es.wikipedia.org/wiki/Rinitis) crónica, porque el calor extremo puede inflamar más los vasos sanguíneos de la nariz.

Mi abuela, en su cuaderno, tenía una nota al margen que decía: "si el pecho chilla, mejor frotar el aceite en el cuello y no oler tanto humo". Ella entendía, por puro instinto, que el exceso de vapor no siempre es el mejor amigo. A veces, simplemente dejar el cuenco humeante en la mesita de noche es suficiente para que el ambiente se limpie y uno pueda dormir mejor sin irritarse directamente.

Esta experiencia me recordó a cuando empecé a organizar el botiquín de la casa. Recuerdo que cuando escribí sobre los remedios caseros para limpiar el hígado graso con plantas de mi jardín, mencioné que el orden en la cocina lo es todo. Con el eucalipto pasa igual: no se trata de usar todo el árbol, sino de entender la medida justa. Un domingo por la tarde hace un par de meses, intenté hacer una mezcla con ruda para ver si ayudaba más, pero el olor fue insoportable. El eucalipto es una planta celosa; le gusta trabajar sola o con muy poca compañía.

Página manuscrita del cuaderno de recetas de la abuela con instrucciones sobre plantas.

Reflexiones sobre el legado y la salud

Ahora que estamos terminando esta temporada de lluvias, el eucalipto se ha vuelto mi ritual de cada domingo por la tarde si siento que el frío de la montaña me está ganando. Ya no lo veo solo como una planta que crece en los linderos de la finca para servir de barrera rompevientos, sino como una herramienta de bienestar que mi abuela me dejó escrita en esas páginas amarillentas.

Es curioso cómo algo tan sencillo como hervir agua y hojas puede conectarte tanto con tus raíces. Al final del día, después de haber lidiado con las cuentas de la molienda y los problemas del cafetal, sentarme un momento a respirar ese aroma me devuelve la calma. Pero ojo, que como siempre digo, yo no tengo la verdad absoluta. Si usted toma medicamentos para la presión o tiene problemas de corazón, pregúntele a su doctor antes de ponerse a inventar con vahos calientes, porque el vapor sube la temperatura del cuerpo y a veces uno no sabe cómo va a reaccionar.

Vista de los cafetales de Pereira bajo la neblina desde la ventana de la finca.

Al final, lo que me queda es la satisfacción de saber que el cuaderno de mi abuela sigue vivo. Que cada vez que el eucaliptol corta la humedad de mi habitación, ella está ahí conmigo, enseñándome que la naturaleza tiene sus tiempos y que nosotros solo debemos aprender a escucharla, un puñado de hojas a la vez. Lo que yo le digo a mi prima es que pruebe, pero con tiento, que la sabiduría no está en hacer mucho, sino en saber cuándo parar.