
Una tarde húmeda, después de pasar horas revisando los granos de la cosecha de mitaca que ya está terminando, me senté en la mesa de madera de la cocina con el cuaderno manchado de mi abuela y un tazón de café recién colado. Afuera, el cielo de Pereira se ponía de ese color gris pesado que avisa lluvia fuerte, y yo solo quería entender qué era lo que ella hacía con la ruda cuando el abuelo llegaba con dolor de espalda. Pero leer ese cuaderno es como tratar de descifrar un mapa del tesoro sin brújula; ella anotaba cosas como 'para el aire' o 'para el desgano', pero las cantidades de hierbas eran tan vagas que siempre me hacían dudar antes de encender el fogón.
Antes de seguir, quiero contarles algo por transparencia. Algunos de los cursos que menciono aquí me llegan a través de enlaces con seguimiento de Hotmart. Por cada persona que se matricula pasando por mi recomendación, me corresponde una pequeña comisión que Hotmart le descuenta al vendedor, así que para usted el precio no cambia ni un peso. Mi regla en la finca y en este blog es clara: nada aparece por aquí si no lo he probado primero con mis propias plantas o si no he revisado el material de cabo a rabo. Yo no soy médica ni experta en nutrición, solo una administradora de finca que quiere honrar lo que su abuela le dejó.
El peso de la herencia en un cuaderno manchado
Este mes de mayo ha sido de mucho trabajo. Aquí en Pereira, a unos 1411 msnm, el clima ha estado caprichoso y la cosecha de mitaca —que es esa cosecha secundaria que nos da un respiro entre abril y junio— nos ha tenido corriendo para que el grano no se pierda por la humedad. En medio de ese ajetreo, el cuaderno de mi abuela ha sido mi refugio los domingos por la tarde. Ella murió en 2022 y desde entonces no había tenido el valor de abrir esas páginas manchadas de manteca y tinto.
Lo que me encontré fue un desorden maravilloso de sabiduría popular. Mi abuela clasificaba las plantas entre 'frías' y 'calientes', una distinción que todavía me cuesta entender del todo pero que para ella era ley. Sin embargo, su caligrafía es un reto. Escribía con un afán, como si la receta se le fuera a escapar si no la atrapaba rápido. Cuando dice 'un manojo', ¿se refiere a su mano pequeña o a la mía que es más grande por el trabajo de campo? Esas dudas me frenaban mucho, porque con las plantas no se juega, y menos cuando una tiene la responsabilidad de cuidar la salud de la familia.

Cuando la memoria no basta: Mis tropiezos con el poleo
A principios de mes, intenté preparar un tónico de poleo (Mentha pulegium) siguiendo solo lo que recordaba de haberla visto a ella en el patio. Recordaba que ella decía que era bueno para limpiar los pulmones después de un día de mucho polvo en la trilladora. Pero me ganó la confianza. Eché un puñado generoso en la olla y lo dejé hervir mucho más de la cuenta. El resultado fue un líquido oscuro que me quedó tan fuerte que el sabor amargo me duró toda la tarde, y la verdad, sentí que me apretaba más el estómago de lo que me ayudaba.
Ese fue el momento en que me di cuenta de que la tradición es hermosa, pero necesita un poquito de orden moderno para no terminar haciendo daño. Fue ahí cuando decidí apoyarme más en el curso de Recetas Naturales Curativas, que tiene una calificación de 4.5 entre los que lo usamos. Lo que me gusta de este curso no es que me diga que mi abuela estaba mal, sino que me explica la lógica científica detrás de por qué ella mezclaba ciertas cosas. Por ejemplo, aprendí que hervir ciertas hojas por más de tres minutos destruye lo que precisamente nos hace bien, algo que mi abuela quizás sabía por instinto pero que yo necesitaba leer en una pantalla para entender mi error con el poleo.
Buscando la lógica en la pantalla
Una tarde de lluvia intensa, mientras el olor a tierra mojada entraba por la ventana de la cocina y el vapor de la ruda y el limón subía de la olla, me puse a comparar los apuntes del cuaderno con los módulos del curso. Me pregunto a veces si mi abuela se sentiría orgullosa o confundida al verme usar un teléfono para entender sus propios apuntes de cocina. Imagino que se reiría un poco, pero luego me diría: "Aurora, si eso le sirve para no quemar la hierba, pues úselo".
El curso me ayudó a entender que la base de muchas de sus tisanas no eran solo las plantas del solar, sino la combinación con frutas. Mi abuela siempre tenía piña o papaya a mano. El curso explica detalladamente cómo la combinación de frutas, verduras y una planta específica potencia el efecto. No es solo echar hojas en agua caliente; es saber que la fibra de la fruta ayuda a que el cuerpo reciba mejor los componentes de la planta.

El secreto de la digestión: Piña y Hierbabuena
Después de la primera semana de pruebas, llegué a la receta que mi abuela llamaba 'para el pesadez del alma y del cuerpo'. En su cuaderno solo decía: "Piña madura, hierbabuena y un toque de lo que usted ya sabe". Ese 'lo que usted ya sabe' me tuvo pensando días, hasta que en el curso de Recetas Naturales Curativas encontré una preparación casi idéntica para la inflamación digestiva. Resulta que el secreto no era una planta exótica, sino el orden en que se mezclan.
El curso recomienda usar la cáscara de la piña bien lavada para la infusión y luego licuarla con la pulpa y la hierbabuena fresca al final, sin hervir la hoja para que no pierda sus aceites. Cuando lo probé, sentí una calidez que empieza en el pecho y baja al estómago, una sensación de alivio inmediato para esa pesadez que nos queda después de un almuerzo fuerte de fríjoles en la finca. Fue un momento de claridad: la sabiduría de mi abuela estaba ahí, solo necesitaba que alguien me explicara el 'cómo' para que funcionara en mi cocina de hoy.
Adaptando las recetas para cuerpos que se atacan a sí mismos
Aquí es donde la cosa se pone seria y donde me tocó ser más cuidadosa. Tengo una prima que sufre de una condición autoinmune, y ella siempre me pregunta por los remedios de la abuela. Pero he aprendido, leyendo y probando, que lo que para una persona sana es un tónico maravilloso, para alguien con el sistema inmune alborotado puede ser un problema. Muchas recetas tradicionales de mi abuela incluían ingredientes que hoy sabemos que pueden ser proinflamatorios para personas con estas condiciones, como el exceso de panela o ciertas combinaciones que disparan brotes.
He tenido que hacer adaptaciones estrictas. Por ejemplo, donde mi abuela ponía mucha miel o panela para 'suavizar' el sabor, yo ahora uso solo la dulzura natural de la fruta o busco alternativas que no inflamen. Es un equilibrio delicado entre respetar el sabor de la herencia y cuidar la realidad biológica de cada quien. Por eso, lo que yo siempre le digo a mi prima cuando me pregunta es: "Vea, esto me sirvió a mí, pero usted primero hable con su doctor, porque su cuerpo reacciona distinto". No es por asustar, es por querer bien a la gente.

Reflexiones al cerrar el cuaderno
El último domingo del mes, mientras terminaba de organizar los pedidos de café, me di cuenta de que no necesito ser una experta titulada ni una nutricionista de ciudad para traer estas recetas de vuelta. Solo necesito paciencia y las herramientas correctas. Ver que puedo integrar lo que aprendo en una plataforma online con el saber que mi abuela dejó en esas páginas manchadas me da una paz que no sabía que necesitaba. Siento que ella todavía está conmigo en la cocina, guiándome la mano para que no me pase de ruda o para recordarme que el secreto está en el cariño con que se pican las hojas.
Si usted también tiene por ahí un cuaderno viejo o simplemente quiere empezar a usar lo que tiene en la despensa para sentirse mejor, le recomiendo que no se lance a ciegas. A mí me ha servido mucho tener una guía estructurada. Si le interesa, puede echarle un ojo al curso de Recetas Naturales Curativas; es un buen punto de partida para no cometer los mismos errores que yo cometí con el poleo al principio del mes. Hay otros más específicos, como uno para la gastritis y el H. Pylori, que es tan común por estas tierras cafeteras, pero para empezar, el general es el que yo más uso.
Al final del día, cuidar de nosotros mismos es un trabajo diario, igual que cuidar el cafetal. Requiere observación, respeto por la naturaleza y la humildad de saber que siempre hay algo nuevo que aprender, ya sea de un cuaderno de hace cincuenta años o de un curso en el celular. Eso sí, como siempre le digo a mi familia: si usted está tomando medicamentos para la presión o tiene alguna condición de esas largas, no haga nada sin consultar a su médico. Las plantas son poderosas, y precisamente por eso hay que tratarlas con respeto.
" , lo que yo le digo a mi prima cuando me pregunta." , lo que yo le digo a mi prima cuando me pregunta.