
Caminar por los cafetales de Pereira cuando el sol aprieta a media tarde es una labor que uno hace con gusto, pero el cuerpo a veces pasa la factura. Hace unos seis meses, durante las semanas de cosecha pesada, empecé a notar que las botas de caucho no me entraban igual al final del día; sentía los tobillos como si me hubieran puesto pesas y la piel se me veía brillante, estirada de pura hinchazón. No es que estuviera enferma, pues uno conoce su cansancio, pero esa pesadez me hacía sentir mucho más lenta en las vueltas de la finca.
Fue una tarde de esas, mientras me tomaba un tinto en la cocina, que me puse a hojear el cuaderno de recetas de mi abuela. Ella tenía una letra menuda, un poco difícil de leer por las manchas de café que le cayeron con los años, y ahí encontré una página dedicada a lo que ella llamaba la 'achicoria amarga' o 'cerraja'. Yo siempre había visto esas flores amarillas creciendo como maleza entre los surcos de café, sin prestarles mucha atención, pero mi abuela decía que eran el santo remedio para 'deshinchar el cuerpo' cuando el agua se le quedaba a uno atrapada en las carnes.
El redescubrimiento de la achicoria amarga en el cafetal
Para mi abuela, el diente de león no era una maleza que estorbara el crecimiento del café, sino una bendición que la tierra nos regalaba. En su cuaderno, ella anotó que debía recogerse antes de que la flor se volviera esa pelusa blanca que uno sopla de niño. Yo, que ahora trato de entender un poco más la lógica detrás de sus remedios, me puse a investigar en un curso de Hotmart que compré sobre plantas medicinales, y resulta que lo que ella llamaba achicoria es el famoso Taraxacum officinale.

Lo curioso es que en el curso hablaban de las propiedades diuréticas de la planta con mucha terminología técnica, pero mi abuela lo resumía en que 'limpia las cañerías del cuerpo'. Lo que sí me llamó la atención del material del curso es que la Agencia Europea de Medicamentos (EMA) reconoce el uso de la hoja y la raíz para afecciones urinarias leves, dándole una base seria a lo que mi abuela ya sabía por puro instinto y observación diaria. Empecé a recoger las hojas frescas de las zonas de la finca donde no aplicamos nada químico, buscando esas que se ven bien verdes y fuertes.
Al principio, me daba un poco de desconfianza. Uno escucha tantas cosas sobre bajar de peso y deshincharse que a veces piensa que todo es cuento. Pero la sensación de mis piernas me decía que debía probar algo. Preparé mi primera infusión una tarde de enero, usando un puñado de hojas que acababa de lavar. El aroma era terroso, un poco amargo, muy parecido al olor de la tierra húmeda después de un aguacero en el Eje Cafetero. No era el sabor más dulce del mundo, pero se sentía honesto, como algo que viene directo de la raíz.
La importancia del potasio y el equilibrio mineral
Aquí es donde la cosa se puso interesante y donde el curso me ayudó a entender un detalle que mi abuela aplicaba sin explicarlo mucho. Ella siempre me decía: 'Aurorita, si va a tomar el té de achicoria, cómase también un banano o unas papas cocidas, no me tome eso a pura agua'. Yo no entendía por qué, hasta que leí sobre el contenido nutricional de la planta. Resulta que las hojas de diente de león tienen unos 397 mg de potasio por cada 100 g de hojas frescas.
Esto es vital porque muchos diuréticos que la gente compra por ahí le sacan a uno el agua pero también le barren los minerales, dejándolo a uno débil o con calambres. El diente de león es diferente porque es una planta potasio-ahorradora; es decir, ayuda a eliminar el exceso de líquidos pero a la vez le está entregando al cuerpo una buena dosis de potasio para compensar. Sin embargo, hay un detalle que aprendí a las malas: si uno exagera con el té y no mantiene una buena alimentación, puede terminar agotando otras reservas minerales.

En una de las lecciones del curso mencionaban algo que me dejó pensando: consumir té de diente de león sin aportar potasio extra (a pesar de lo que ya trae la planta) puede, en algunas personas, agotar las reservas minerales a largo plazo, lo que provoca un efecto rebote de hinchazón apenas uno deja de tomarlo. Me pasó una semana que me dio por tomarlo tres veces al día sin falta y descuidé mis comidas; al dejarlo, me sentí más hinchada que antes. Por eso ahora lo hago con medida, como un apoyo y no como una solución mágica. Si usted siente que el problema es muy persistente, yo siempre le digo a mi prima que mejor vaya donde el doctor, porque los riñones son cosa seria y uno no es médico para estar diagnosticándose.
Mi proceso en la cocina de la finca
Después de unas tres semanas constantes de probar la receta, ajusté la forma de prepararlo. Mi abuela escribía que había que 'asustar las hojas' con el agua hirviendo, pero no dejarlas cocinar mucho tiempo. Yo lo que hago es calentar el agua hasta que va a empezar a burbujear, apago el fogón y ahí sí tiro el puñado de hojas frescas de diente de león. Lo dejo tapado unos diez minutos, no más, porque si se pasa de tiempo se vuelve tan amargo que ni con un poquito de miel de abejas se deja pasar.
A veces, cuando siento que la retención es muy fuerte, mezclo el diente de león con otras plantas que tengo en el patio. He notado que funciona muy bien cuando busco cómo usar cola de caballo para los riñones y la retención de líquidos, alternando un día una y otro día la otra. La clave, según lo que he visto en mi propio cuerpo, no es saturarse de una sola cosa, sino dejar que el organismo descanse. Mi abuela nunca tomaba lo mismo por más de nueve días seguidos; ella decía que el cuerpo se acostumbra y deja de hacerle caso a la hierba.

Durante esas semanas de prueba, noté que el alivio en los tobillos no era inmediato como si fuera un truco de magia, pero sí era constante. A la segunda semana, las botas de caucho ya no me dejaban esa marca roja y profunda en la piel al final de la jornada. Me sentía más ligera, menos 'pesada' al subir las lomas del cafetal. Lo que más me gustó es que, a diferencia de otros remedios, no me sentía sin energía. Al contrario, parece que al quitarse uno ese peso del agua sobrante, hasta el ánimo le mejora.
Reflexiones entre tazas y cafetales
Una mañana fresca de julio, mientras veía cómo la neblina se levantaba sobre los árboles, me di cuenta de que este camino de recuperar las recetas de mi abuela es mucho más que simplemente 'bajar de peso'. Se trata de entender cómo funciona mi cuerpo en este entorno. El diente de león me ha servido para mantener mi peso ideal de forma natural, no porque queme grasa milagrosamente, sino porque ayuda a que mi sistema no guarde lo que no necesita. Es un apoyo para el metabolismo que, sumado al ejercicio diario de administrar la finca, me hace sentir mucho mejor a mis treinta y tantos que cuando tenía veinte.
He tenido mis fallos, claro. Una vez usé las raíces en lugar de las hojas pensando que sería más fuerte, y el sabor fue tan fuerte que me dio hasta un poco de náuseas. El curso decía que la raíz es más para el hígado, y mi abuela la usaba sobre todo cuando alguien tenía la lengua blanca o mala digestión. Para la retención de líquidos, me quedo mil veces con las hojas verdes. También aprendí que no se debe tomar de noche; una vez lo hice y pasé la mitad de la madrugada levantándome al baño, lo que no es muy bueno cuando uno tiene que madrugar a organizar a los recolectores.

A veces, cuando el cansancio es mucho, también recurro a otros saberes de la abuela, como los remedios caseros para el dolor de rodillas por el trabajo físico, porque en la finca todo está conectado: si te duelen las articulaciones, te mueves menos, y si te mueves menos, el cuerpo tiende a retener más líquidos. Es un ciclo que hay que saber manejar con paciencia y con lo que la tierra nos da.
Para terminar, lo que siempre le digo a mi familia: estas plantas son maravillosas y son nuestras, pero no reemplazan la opinión de un profesional. Yo no tengo estudios de medicina ni nutrición, solo soy una mujer que cuida su finca y lee el cuaderno de su abuela. Si usted sufre de presión alta, tiene problemas de corazón o está tomando medicamentos para los riñones, por favor, no se ponga a experimentar sin hablar con su doctor primero. Las hierbas tienen fuerza, y esa misma fuerza que ayuda puede chocar con los remedios de farmacia. Yo comparto mi experiencia porque me ha servido a mí, aquí entre estas montañas, pero cada cuerpo es un mundo distinto.