
Una tarde de estas en Pereira, de esas donde la lluvia no para y el frío se le va metiendo a uno por las junturas de los huesos, me senté en la cocina a ver si las rodillas me daban un respiro. No es que uno se queje, pero subir y bajar las laderas de la finca todo el día termina pasando factura, sobre todo cuando uno ya no tiene los veinte de antes. El dolor era como un latido sordo, de esos que no dejan ni acomodarse en la silla después de una jornada larga en el cafetal. Como administradora de esta finca familiar, he aprendido que no solo se trata de dar órdenes o cuadrar cuentas; a veces toca echarse el bulto al hombro literalmente, y eso la articulación lo siente.
Durante la última semana de cosecha, que fue a finales del año pasado, el trajín fue tanto que terminé cojeando un poquito. Mover una carga de café, que aquí en Colombia son 125 kilogramos según lo que manda la Federación Nacional de Cafeteros, no es cualquier cosa, y aunque uno trate de hacerlo con cuidado, el cuerpo se resiente. Entre el peso y el terreno inclinado, mis rodillas empezaron a pedir auxilio. Busqué en el cajón de la cocina, ese que tiene un chirrido que ya conozco de memoria, y saqué el cuaderno de mi abuela paterna. Está manchado de café y el tiempo ha puesto las hojas de un color amarillento, pero ahí, entre recetas de sancocho y remedios para la tos, encontré lo que necesitaba para mis pobres piernas.
El cuaderno de mi abuela y el secreto de la ruda
Mi abuela siempre decía que la tierra que nos cansa también nos cura, y ella le tenía una fe ciega a la ruda (Ruta graveolens). En una de las páginas, con su letra menuda y elegante, explicaba cómo preparar un macerado para los dolores de los recolectores. Yo, que he estado tratando de reaprender lo que aprendí este mes sobre sanar con lo que hay en la cocina, decidí que era el momento de poner a prueba sus notas. Ella mantenía un frasco de vidrio oscuro lleno de ruda y alcohol de 70 grados, escondido detrás de la estufa de leña para que el calorcito ayudara a soltar la sustancia.

Lo primero que hice fue ir al rincón del patio donde ella siempre tenía sus hierbas. Corté unos buenos gajos de ruda, sintiendo ese olor fuerte, casi amargo, que a mucha gente no le gusta pero que a mí me huele a infancia y a cuidado. El curso de Hotmart que estoy haciendo sobre plantas medicinales dice que la ruda contiene flavonoides como la rutina, que ayudan mucho a la circulación, pero mi abuela simplemente decía que servía para 'sacar el frío' de los huesos. Al final, creo que las dos cosas son la misma, solo que dichas con palabras distintas.
Traté de seguir el paso a paso del cuaderno un domingo por la tarde, con la calma que solo se siente cuando el trabajo de la semana ya está hecho. Lavé bien las hojas, las sequé con un paño limpio y las metí en un frasco. Luego le agregué el alcohol hasta cubrirlas por completo. Sin embargo, antes de cerrar el frasco, recordé un detalle que aprendí en el curso: para que la piel absorba mejor los compuestos, es bueno que el macerado tenga algo que ayude a penetrar. Mi abuela no usaba jengibre para esto, pero yo decidí rallarle un pedacito, porque el jengibre actúa como un inhibidor natural de la inflamación, parecido a esos analgésicos suaves que venden en la droguería.
La temperatura justa para que la planta trabaje
Hace unos tres meses, cuando ya el macerado llevaba tiempo reposando y el color del alcohol se había vuelto un verde oscuro casi negro, decidí que era hora de usarlo de verdad. No basta con echarse el líquido y ya; hay que saber cómo aplicarlo. Aquí es donde el curso y el cuaderno de mi abuela se dieron la mano. El cuaderno decía que había que 'calentar la rodilla con un trapo tibio antes de sobar', y el curso explicaba que la temperatura ideal para infundir hierbas o preparar fomentos es de unos 90 grados Celsius, que es justo ese punto antes de que el agua hierva a borbollones.

Preparé una infusión rápida de ruda y jengibre en agua a esa temperatura. El olor penetrante y verde de la ruda machacada mezclándose con el vapor del agua caliente en la cocina de la finca me trajo de vuelta a mi abuela en un segundo. Sentí que ella estaba ahí conmigo, supervisando que no hiciera un desastre. Sumergí un paño de algodón limpio en esa agua caliente (pero que se pudiera aguantar, no me iba a quemar) y me lo puse sobre la rodilla derecha, que era la que más me traqueteaba al caminar.
Ese momento fue clave. Ese calorcito súbito que sube por la pierna cuando el paño empapado toca la piel inflamada, relajando el músculo tenso, es algo que no se compara con ninguna crema de farmacia. Dejé el paño ahí hasta que se enfrió, repitiendo el proceso unas tres veces. Después de eso, me apliqué el alcohol de ruda que había preparado meses atrás, dando masajes circulares suaves, sin apretar mucho, solo dejando que el líquido se secara sobre la piel.
El error del calor constante y lo que no funcionó
Les voy a confesar algo: al principio cometí un error muy común. Yo pensaba que si un poquito de calor era bueno, mucho calor era mejor. Así que una noche me acosté con una bolsa de agua caliente amarrada a la rodilla. Al día siguiente amanecí con la articulación más hinchada y tiesa que nunca. Resulta que, como aprendí después, aplicar calor constante para aliviar el dolor físico de rodilla es un error frecuente cuando hay una inflamación reciente por esfuerzo. El calor excesivo dilata los vasos y puede hacer que la zona se inflame más si uno acaba de llegar del cafetal.
También tengo que decirles que intenté lo mismo con albahaca, porque tenía mucha en la huerta y me pareció que olería mejor, pero la verdad es que la albahaca no me hizo ni cosquillas para el dolor de las articulaciones. Sirve mucho para la cocina, pero para mis rodillas cansadas de cargar bultos de café arábica —que por cierto, tiene una concentración de cafeína de más o menos 1.5 por ciento, algo que me mantiene despierta pero no me quita el dolor—, la ruda es la que manda.

Es importante ser honestos con lo que uno experimenta en su propia cocina. No todas las plantas sirven para todo el mundo. Por ejemplo, yo siempre le digo a mi prima cuando me pregunta por estos remedios: 'Vea, mija, yo no soy doctora ni nada de eso, así que si usted toma pastillas para la presión o tiene alguna enfermedad de esas raras, mejor pregúntele primero al médico antes de ponerse a inventar con ruda'. La ruda es muy potente y hay gente a la que le puede dar alergia en la piel. Yo misma me hago una prueba en un pedacito del brazo antes de ponerme cualquier cosa nueva.
La importancia del ritual y la constancia
Con el paso de las semanas, me di cuenta de que el alivio no venía solo de la planta en sí, sino del ritual de dedicarle esos quince minutos a mis rodillas cada noche. En el corre-corre de la finca, uno se olvida de cuidarse. Pero sentarme a preparar el fomento, sentir el olor de la ruda y masajear la rodilla me obligaba a parar. He descubierto que la constancia es más importante que la fuerza del remedio; no sirve de nada ponerse el alcohol un día y olvidarse el resto de la cosecha.
Para quienes están empezando en este camino de aprender sobre plantas medicinales para cuidar la salud de mi familia, les digo que tengan paciencia. Los remedios de la abuela no son mágicos, pero tienen una sabiduría que el cuerpo entiende. Mis rodillas ya no crujen tanto cuando bajo al pueblo a entregar los informes de la semana, y eso se lo debo a este cuaderno viejo y a los consejos que voy sacando de mis cursos.

Incluso he probado usar el café de la finca para otras cosas, como cuando escribí sobre la mascarilla de café para las manchas en la cara tras la cosecha. Todo en la finca se aprovecha, desde la pulpa para el abono hasta las hojas de ruda para el dolor. Al final, vivir en el Eje Cafetero es aprender que estamos rodeados de soluciones, solo hay que saber mirar con calma y leer con respeto lo que los viejos nos dejaron escrito.
Reflexiones finales desde el cafetal
Hoy, mientras veía el atardecer sobre las montañas de Pereira, me sentí agradecida. Mis rodillas están mucho mejor, y aunque el trabajo físico sigue siendo duro, ya no le tengo miedo al dolor del final del día. Sé que en mi cocina tengo el macerado de ruda listo y que un fomento tibio me espera para relajarme antes de dormir. El cuaderno de mi abuela sigue vivo en mis manos, recordándome que la tierra que nos cansa también nos cura si sabemos escucharla.

Eso sí, como siempre le digo a los muchachos que trabajan conmigo: si el dolor persiste o si sienten que la rodilla se les traba, no se pongan a jugar al médico. Corran donde un profesional. Estas hierbitas son para ayudarnos con el cansancio del día a día, para esos dolores que vienen del trabajo honrado, pero nunca reemplazan la opinión de un doctor de verdad. Yo sigo aquí, entre mis cafetales y mis frascos de alcohol, aprendiendo cada domingo una receta nueva y cuidando este legado que me dejaron en un cajón de la cocina.