Beneficios del té de canela para regular el azúcar en la sangre

Beneficios del té de canela para regular el azúcar en la sangre: rama de canela junto a una taza en una cocina de finca cafetera

Ocho semanas llevo dándole a mi tío esta agüita de canela después del almuerzo, antes de animarme a escribir sobre el tema, porque en la finca no me gusta hablar de un remedio casero hasta no verlo funcionar un rato largo. La nota que encontré en el cuaderno de mi abuela decía apenas «canela para asentar la sangre después de los almuerzos pesados», y esa frase se me quedó rondando justo cuando mi tío empezó a quejarse de su azúcar alta tras los excesos de diciembre. Ahí arrancó esto: una mezcla de diabetes natural a la manera de la abuela y de lo que un curso de plantas medicinales me ha ido enseñando los domingos, buscando entender los beneficios reales de la canela para la salud metabólica, más allá de lo que se dice por ahí.

Un cuaderno, una preocupación y un curso de domingo

Mi tío ya pasa de los sesenta y siempre ha sido de buen comer, pero después de diciembre andaba más cansado de lo normal, casi atontado después de cada almuerzo. Como yo ando en esto de rescatar lo que dejó mi abuela, me puse a mirar si esa frase suya tenía algo detrás que yo pudiera aplicar en la casa. No soy experta, mi formación es de logística y de estar pendiente de los recolectores, no de nutrición, pero el cuaderno es para mí como una guía de vida, y no quería quedarme solo con la tradición oral. Por eso sigo apoyándome en un curso de plantas medicinales que hago los domingos en las tardes, cuando ya se acabó el trajín de la semana.

Antes de este curso ya había comprado mezclas de hierbas en la plaza de mercado sin saber muy bien cómo prepararlas, y el resultado nunca fue el que yo esperaba, a veces amargo, a veces sin ningún efecto que uno pudiera notar. Con la canela decidí ir despacio y comparar cada paso con lo que apuntó la abuela. Resulta que no es solo para darle sabor al arroz con leche: tiene un compuesto, el cinamaldehído, al que el curso le atribuye buena parte del efecto sobre el azúcar. No me voy a meter aquí en porcentajes ni fórmulas, para eso hay quien lo explica mejor, pero la idea general se entiende: algo en esa corteza parece ayudarle al cuerpo a manejar mejor el azúcar que le entra después de comer. La canela, como pasa con tantas otras hierbas de la cocina de mi abuela, tiene ese doble papel de servir para sazonar y para curar según cómo se use.

Manos sosteniendo el cuaderno de recetas de la abuela abierto en la página sobre canela, un remedio casero para el azúcar en la sangre

No todos los remedios caseros de canela sirven igual

Aquí me llevé la primera sorpresa, de esas que a uno le bajan los humos. Compraba la canela en el supermercado de Pereira, la de ramas gruesas y duras, sin pensar dos veces en eso. Pero resulta que esa es la canela Cassia, la más común y también la que trae más cumarina. En exceso, esa cumarina le puede pesar al hígado, el curso da cifras exactas sobre cuánto es demasiado, pero esa cuenta la dejo para quien se dedique a explicarla en detalle; a mí me basta con saber que entre menos cumarina, mejor si uno la toma todos los días.

La canela de Ceilán, que mi abuela llamaba «la de astilla fina», tiene niveles de cumarina casi nulos. Me costó encontrarla, no está en cualquier tienda de barrio, pero desde que la uso noto la diferencia: se deshace casi con los dedos y el sabor es menos picante, más redondo. Dársela a mi tío todos los días me deja más tranquila, sabiendo que no le estoy recargando el hígado mientras esperamos que su insulina trabaje un poco mejor.

Cuando el trabajo en el cafetal aprieta y el cuerpo pide dulce, me preparo una taza de esta agüita. La sensación de calor que baja por la garganta sí calma las ganas de dulce casi de inmediato; no hace milagros, pero ayuda a que uno no termine comiéndose un pedazo de panela de más en la tarde.

Comparación entre la canela Cassia gruesa y la canela de Ceilán fina, dos variedades con beneficios distintos para la salud metabólica

Preparar la infusión al ritmo de la finca

En el cuaderno, mi abuela apuntó que no había que dejar hervir la canela eternamente: ponía el agua a punto de hervor, apagaba el fogón y ahí echaba la astilla. Sigo ese mismo ritmo, aunque ahora con el reloj cerca para comparar contra lo que dice el curso, que recomienda unos diez minutos de infusión para sacarle lo bueno a la corteza sin que el sabor se vuelva amargo.

El proceso que me ha funcionado estos meses es sencillo: caliento una taza de agua hasta que empiezan a subir las burbujas pequeñas, retiro del fogón de leña que compartimos con la cocina de la finca, aquí en el corregimiento de Tribunas, y parto una rama de canela de Ceilán sobre la taza. Me gusta ese crujido seco y el polvillo dulce que queda flotando un momento entre las materas de hierbas que tengo alineadas contra la pared del corredor techado. Tapo la taza, dejo los diez minutos completos y aprovecho para revisar el cuaderno, abierto sobre la mesa de madera oscura.

Hacia finales de marzo probé con canela en polvo que tenía guardada hace rato, y fue un desastre: el té quedó turbio, con una textura babosa que no le gustó a nadie en la casa. La rama entera conserva mucho mejor el sabor y, según parece, también las propiedades. Mi abuela decía que lo molido «trae mentiras», y con esta prueba le termino dando la razón, uno no sabe bien qué más viene mezclado ahí.

Mano partiendo una rama de canela de Ceilán sobre una taza de agua caliente para preparar un remedio casero

Dos meses después: cambios en la salud metabólica de la casa

Llevo dándole esta agüita a mi tío después del almuerzo desde hace rato ya, y él dice que se siente menos «embotado» y que las ganas de tirarse a dormir la siesta justo después de comer han bajado bastante. Los domingos que camina en el Parque Olaya Herrera cuenta que últimamente llega hasta el final de la vuelta completa, cosa que antes no hacía.

Una madrugada de esas, el canto del gallo me sorprendió despierta pero descansada, ya iban a ser las cinco y media y yo llevaba toda la noche sin abrir los ojos ni una vez, algo que antes no me pasaba, con ese despertar de medianoche y el estómago pesado que se me había vuelto costumbre después de comidas fuertes. No sé si fue solo la canela o la suma de varias cosas que he ido cambiando, pero ahí quedó anotado en mi propio cuaderno, junto a las notas de la abuela.

Rubí, una lectora de Cali, me escribió hace poco preguntando si esto también le podría servir a su papá, que tiene el azúcar alta; me contó que mide las cucharadas de cualquier infusión con la palma de la mano, como le enseñaron en su casa, en vez de usar cucharas medidoras. Le respondí lo mismo que le digo a cualquiera que pregunta por acá: esto es un apoyo, no un reemplazo de lo que mande el médico, y menos si ya toma medicamento recetado para el azúcar o para la coagulación, porque la canela puede meterse con esos tratamientos. Ese cuidado con las mezclas y los medicamentos es algo que trato de tener presente con cada hierba de la finca, no solo con esta.

No todas las plantas del cuaderno de mi abuela apuntan al mismo lado: si lo que a alguien le molesta es una digestión pesada después de comer, el orégano suele ser mejor compañero que la canela, y para el dolor de rodillas que deja el trajín de subir y bajar lomas hay otras recetas que ayudan más. Hay incluso hierbas ahí pensadas más para los nervios y para dormir bien que para el azúcar, esas las dejo para otro día, porque hoy la protagonista es solo la canela.

Taza de té de canela ámbar sobre la mesa de madera de la finca, con los cafetales de fondo, parte de una rutina de diabetes natural

Entre el curso, el cuaderno y lo que a mí me funcionó

El curso explica todo esto con palabras de laboratorio, receptores, transporte de glucosa, mientras que mi abuela lo resumía como «limpiar la sangre» o darle «armonía» al cuerpo. No voy a fingir que entiendo la parte técnica a fondo, pero después de este tiempo viendo a mi tío, algo de las dos versiones parece cumplirse a la vez.

Eso sí, hay que tener cuidado: la canela puede interferir con medicamentos, sobre todo los que ya se toman para el azúcar o para la coagulación de la sangre. Por eso, cuando alguien en la vereda me pregunta, le digo lo mismo que le dije a Rubí y lo mismo que le digo a mi prima cuando me llama con dudas: pruébela, pero hable primero con su médico, no sea que la canela le baje el azúcar de más y terminemos con un susto de verdad. Lo que hago aquí en la finca es un acompañamiento, no un reemplazo del criterio de un profesional.

Magnolia, con quien hablo casi todos los domingos antes del almuerzo, me dijo hace poco entre risas que ya parezco vendedora de brebajes de pueblo, y tiene algo de razón, aunque a mí me gusta pensar que solo estoy tratando de no dejar morir lo que la abuela ya sabía. Sigo tomando mi taza después de revisar las cuentas de la semana y de ver que las materas del patio, en el rincón donde ella cuidaba sus hierbas entre las piedras del camino, tengan agua. No hace falta mucho: una rama buena, algo de paciencia, y la disposición de escuchar lo que cada ingrediente tiene para dar.

Olla de barro humeante en la cocina rústica de la finca al atardecer, al final de una tarde preparando canela para la salud metabólica