Hacía una humedad pesada en la finca, de esas que se le meten a uno en los huesos y le ponen la piel tirante, como si los zapatos le estuvieran quedando pequeños a mitad de jornada. Fue durante la cosecha de finales del año pasado cuando sentí que los tobillos no me daban más; caminaba por los cafetales y sentía que cargaba bultos invisibles en las pantorrillas, una pesadez que no se quitaba ni poniendo los pies en alto al llegar a la casa. Mi abuela siempre decía que cuando el cuerpo se hincha así, es que los riñones están pidiendo un respiro, como cuando una manguera se dobla y el agua no corre.
El cuaderno de mi abuela y la 'limpia-riñones'
Esa tarde, después de quitarme las botas y ver las marcas de los calcetines hundidas en la piel, busqué el cuaderno de mi abuela. Encontré la página, una que tiene una mancha vieja de café y el borde un poco quemado, donde ella escribió con su letra apretada: 'limpia-riñones'. Al lado, entre paréntesis y con tachones, puso 'cola de caballo'. Yo, que ando haciendo un curso en Hotmart sobre fitoterapia para entender mejor lo que ella hacía por puro instinto, vi que el profesor lo llamaba Equisetum arvense, pero para mí siempre será la hierba áspera que crece cerca de la quebrada.
Lo que me llamó la atención es que mi abuela tenía anotado que no se debía tomar por más de un par de semanas seguidas. En el curso explicaban algo más técnico: resulta que esta planta tiene una sustancia que, si uno se descuida, le va quitando a uno la vitamina B1 del cuerpo. Yo me quedé pensando en cómo ella sabía esas cosas sin tener internet, simplemente mirando cómo reaccionaba la gente en la vereda. Es curioso, porque uno a veces cree que lo natural es inofensivo y se puede tomar como si fuera agua de mesa, pero la cola de caballo tiene su carácter y hay que saber entrarle.
Recolección y el ritual del secado bajo el techo de zinc
Para preparar mi primera tanda, bajé hasta la parte de la finca donde el suelo es más ácido y húmedo, allá donde el nacimiento de agua siempre mantiene la tierra negra y apretada. La cola de caballo silvestre crece ahí como si nada, con esos tallos verdes que parecen juncos miniatura. Al cortarlos, sentí ese crujido seco de los tallos al partirlos con los dedos, una sensación casi metálica que me recordó cuando ayudaba a mi abuela a llenar los canastos de mimbre siendo una niña.
Subí un puñado generoso y lo puse a secar bajo el techo de zinc de la parte de atrás de la cocina. El calor que guarda el zinc es perfecto porque deshidrata la planta sin quemarla. Unas semanas después de las fiestas de enero, cuando la comida pesada y el cansancio pasan factura, la planta ya estaba lista: quebradiza y con ese olor a pasto viejo y tierra mojada que desprende el vapor apenas toca el agua caliente. En el curso decían que la planta seca mantiene mejor el contenido de sílice, que anda por el 5% al 8% en los tallos estériles, y que ese mineral es el que ayuda tanto a los tejidos.
La preparación: más que una simple infusión
Mi abuela no se andaba con rodeos: ella ponía un puñado en la jarra de barro y le echaba el agua hirviendo. Pero el curso me enseñó un detalle que ella quizás hacía sin darse cuenta: para sacar bien los minerales de una planta tan dura, hay que dejarla en el agua caliente por lo menos 15 minutos. Si uno la saca antes, se toma el sabor pero no la sustancia. Yo ahora lo hago así: caliento el agua, pongo los trozos de la planta y tapo la taza con un platico para que no se escape nada.
Durante varias mañanas de lluvia intensa, de esas que no dejan salir al cafetal temprano, me sentaba en la cocina a tomarme mi taza. Lo primero que noté fue el sabor, que no es amargo como la ruda, sino más bien neutro, un poco terroso. El curso sugiere un límite de consumo recomendado de hasta 3 tazas diarias, pero yo con una en la mañana y otra a media tarde tuve suficiente. Mi abuela decía que 'menos es más cuando la medicina es fuerte', y yo prefiero hacerle caso a ella en eso de no saturar el organismo.
El equilibrio entre la planta y el agua pura
A los pocos días de empezar, entendí algo que a veces se nos olvida con los remedios caseros. La cola de caballo me hacía ir al baño mucho más seguido, lo cual es el punto, pero si uno no repone esa agua, termina escurriéndose como una uva pasa. Me pasó una tarde que me dio un dolor de cabeza sordo y me sentí mareada cargando unas bolsas de abono. Ahí caí en cuenta: la planta no es un milagro que saca lo malo y ya, es un apoyo que requiere que yo tome mucha más agua pura de lo normal.
La sensación de ligereza en las piernas al bajar las escaleras de la casa después de tres días de tomar la infusión por la mañana fue lo que me convenció de que estaba funcionando. Ya no sentía esa tirantez en la piel de los tobillos y la pesadez de la cosecha parecía haberse disuelto. Sin embargo, no todo fue perfecto. Una vez intenté mezclarla con un poco de jengibre porque el curso decía que ayudaba a la circulación, pero a mí me cayó pesadísimo al estómago. Aprendí que la cola de caballo me funciona mejor sola, respetando su espacio, como esos trabajadores de la finca que rinden más cuando nadie los está afanando.
La advertencia sobre el uso prolongado y la Vitamina B1
Aquí es donde entra lo que yo le digo a mi prima cuando me pregunta por sus dolores: hay que tener cuidado. El curso de Hotmart fue muy enfático en que usar cola de caballo a largo plazo puede agotar tus reservas de vitamina B1. Esto pasa porque la planta tiene una enzima llamada tiaminasa que 'atrapa' la vitamina y no deja que el cuerpo la use. Si uno la toma por meses sin parar, puede terminar con calambres o sintiéndose más cansada de lo normal, que es justo lo contrario de lo que buscamos.
Mi abuela lo resolvía descansando. Ella decía: 'tómela nueve días, descanse tres', o la usaba solo cuando veía que alguien estaba muy hinchado. Yo, por mi cuenta, decidí que solo la uso durante diez días de uso constante cuando siento que la retención de líquidos me está ganando la batalla, y luego paro por lo menos dos o tres semanas. Además, he tratado de comer más alimentos que tengan esa vitamina, como legumbres o un poco más de carne, para compensar. Es un baile de equilibrios, no una línea recta.
Reflexiones desde el cafetal
Administrar esta finca me ha enseñado que todo tiene su tiempo: hay tiempo de sembrar, de abonar y de dejar que la tierra descanse. Con el cuerpo es igual. El legado de mi abuela, guardado en ese cuaderno manchado, es mi brújula ahora que me toca a mí estar al frente de la operación. Ella no sabía de porcentajes de sílice ni de enzimas, pero sabía escuchar el ritmo de la vida. A veces me veo usando sus recetas mientras recuerdo cómo ella también se aplicaba romero para el crecimiento del cabello después de las jornadas largas bajo el sol.
Ahora que estamos a mediados de este invierno, con las quebradas crecidas y el frío bajando del monte, agradezco haber recuperado este saber. No soy médica ni pretendo serlo, solo soy una administradora que trata de mantener la casa y la salud en orden. Si usted está pensando en probar la cola de caballo, lo que yo le diría, como se lo digo a mi familia, es que primero hable con su doctor, especialmente si ya toma algo para la presión o si tiene problemas de azúcar, porque las plantas hablan con los medicamentos y a veces no se llevan bien. Yo sigo en este camino de aprender sobre plantas medicinales para cuidar la salud de mi familia, paso a paso, una receta a la vez, esperando que el cuaderno de mi abuela nunca se termine de leer.