
Una tarde de lluvia en la cocina de la finca, mientras el olor a tierra mojada subía por el cafetal, abrí el cuaderno de mi abuela y me di cuenta de que no sabía por dónde empezar con sus remedios. Afuera, el agua caía con esa fuerza que solo se ve aquí en Pereira, y yo me quedé mirando esos renglones escritos con una letra menuda, un poco temblorosa, donde ella anotaba qué darle a quién cuando el cuerpo se resentía. Llevo ya 3 años administrando la operación de la finca desde que mi tío decidió que era hora de descansar, y aunque manejo bien las planillas y los jornales, frente a ese cuaderno me sentí como una aparecida.
Antes de seguir, quiero aclarar algo importante, como quien se toma un tinto antes de empezar la faena. Algunos de los programas que menciono aquí me generan una pequeña comisión a través de enlaces de Hotmart si alguien decide inscribirse. Eso sí, el precio para usted es el mismito, no cambia ni un peso. Mi regla es sagrada: nada aparece en este rincón si no lo he probado primero con mis propias matas o si no lo he revisado de punta a cabo. Yo no soy médica, ni nutricionista, ni tengo estudios formales en botánica; soy apenas la administradora de una finca que intenta que el legado de su abuela no se pierda entre la maleza. Lo que escribo es lo que a mí me ha funcionado en estos meses de ensayo y error.
El reto de nombrar lo que siempre ha estado ahí
Desde que mi abuela murió en 2022, ese rincón del patio donde ella tenía el poleo y la ruda se me volvió un misterio. Yo crecí viéndola arrancar ramitas para hacernos tisanas, pero cuando me tocó a mí, me entró ese miedo silencioso de equivocarme de planta y terminar dándole a mi familia algo que les hiciera daño en lugar de sanarlos. No es lo mismo ver que hacer, pues.
Hacia finales de noviembre del año pasado, me propuse que no podía seguir así. Tenía el cuaderno, tenía la tierra, pero me faltaba el orden. Empecé a buscar cómo identificar correctamente cada hoja, porque aquí en el Eje Cafetero a veces le decimos de una forma a lo que en el pueblo vecino llaman de otra. Me encontré con un material que me ayudó a ponerle nombre técnico a lo que yo solo conocía por el aroma. Por ejemplo, mi abuela siempre decía que la hierbabuena de hoja crespa era la mejor para el estómago, y el curso me confirmó que esa Mentha spicata tiene sus mañas para ser cultivada.

Lo que me pareció más valioso de este proceso de aprendizaje fue entender que las plantas no son solo 'remedios', sino seres que reaccionan a su entorno. Aprendí que si uno quiere que la planta tenga fuerza para curar, no puede tratarla como si fuera un adorno. Me ha servido mucho el programa de Aprende Plantas Curativas, que tiene una calificación de 4.3 y me dio la estructura que no tenía para clasificar lo que crece entre mis cafetales. Es un enfoque muy sistemático, ideal para cuando uno tiene el material heredado pero le falta la brújula.
La hierbabuena y el secreto del estrés ambiental
Durante la cosecha de enero, tuvimos unos días de sol muy fuertes. Yo noté que la hierbabuena del patio se puso un poco triste, con las hojas más pequeñas y un verde más oscuro de lo normal. El cuaderno de mi abuela decía: "cuando el sol apriete, la hierba calla", una frase que nunca entendí hasta que me puse a estudiar en serio. Resulta que cultivar plantas medicinales en casa puede reducir su potencia terapéutica si no se controla estrictamente el nivel de estrés ambiental al que se exponen durante su crecimiento.
Si la planta sufre mucho por falta de agua o exceso de sol, empieza a producir compuestos de defensa que pueden cambiar su sabor y hasta su efecto. Una tarde preparé una tisana siguiendo una receta del cuaderno para mi tío, que andaba con una pesadez horrible después de un almuerzo de cosecha. La infusión salió amarga, casi imbebible. Me puse a revisar y me di cuenta de que usé los cortes de las puntas que habían estado más expuestas al sol del mediodía. El roce de las hojas secas de hierbabuena desmoronándose entre mis dedos mientras comparaba el color con la foto en mi pantalla del celular me confirmó que esa planta estaba 'estresada'.
En el curso que estoy haciendo ahora, que se llama Recetas Naturales Curativas, explican muy bien cómo combinar las plantas con frutas y verduras. Lo que más me gusta es que tiene una calificación de 4.5 y se nota que la gente lo aprecia porque no sale con cosas raras. Mi abuela, sin saber de botánica moderna, ya sabía que a la hierbabuena había que darle sombra de vez en cuando para que el sabor fuera dulce y la 'medicina' suave. Ella decía que la planta tiene que estar contenta para que nos ponga contentos a nosotros.

Un par de domingos en marzo: El cuaderno cobra vida
Pasé un par de domingos en marzo sentada en el patio, con el cuaderno a un lado y el celular al otro. Estaba tratando de entender por qué mi abuela mezclaba el poleo (Mentha pulegium) con cáscara de naranja. Yo pensaba que era por el sabor, pero resulta que hay una lógica detrás de cómo los cítricos ayudan a que ciertos componentes de las hierbas se aprovechen mejor. Es una de esas cosas que uno lee en los programas modernos y dice: "¡Ah caray, la vieja sí sabía!".
En esos días probé una receta para la energía, porque con la administración de la finca a veces el cuerpo no me da para más. Mezclé lo que decía el cuaderno con una estructura que vi en el curso de recetas naturales. Mi abuela siempre decía que no se debía hervir la hoja mucho tiempo, solo dejarla 'sudar' en el agua caliente. El curso dice que se llama infusión controlada. Al final, es lo mismo, pero ahora entiendo el porqué científico de no quemar los aceites de la planta.
Me he dado cuenta de que mucha gente busca soluciones para temas muy específicos. Por ejemplo, he visto que hay programas como el de Gastritis y H.Pylori Natural que tienen apenas 9 reseñas, pero son muy puntuales. Aunque yo me enfoco más en lo general del cuaderno de mi abuela, me sirve saber que existen esos recursos cuando algún primo me sale con un dolor que ya se sale de mis manos. De todos modos, lo que yo siempre le digo a mi familia: si el dolor no pasa o si usted ya toma pastillas para la presión o el azúcar, no se ponga a inventar solo y hable primero con su doctor. Las plantas son potentes y pueden cruzarse con los medicamentos de la farmacia.
Hace apenas unas semanas: La seguridad de saber
Hace apenas unas semanas, tuvimos una reunión familiar aquí en la casa principal. Después de un sancocho bien cargado, mi tío mayor empezó con ese malestar que le da siempre. Antes, yo me hubiera quedado callada, pero esta vez fui a mi rincón, busqué las hojas que ya sabía identificar bien —sin el miedo de antes— y le preparé una mezcla de hierbabuena y un toque de hinojo que había aprendido a secar correctamente.
Ver que se tomó la taza completa y que a la media hora ya estaba otra vez conversando tranquilo sobre el precio del café, me dio una satisfacción que no le sé explicar. No es solo curar un dolor de panza, es sentir que el cuaderno de mi abuela ya no es un libro de secretos cerrados, sino una conversación que sigo teniendo con ella. Estoy preservando su legado pero con el rigor que mi familia merece, sabiendo cuándo una planta está en su punto y cuándo es mejor dejarla tranquila en la tierra.

Aprender sobre estas cosas me ha cambiado la forma de ver el cafetal. Ya no veo solo café; veo un botiquín entero que crece entre los surcos. Si usted tiene por ahí un cuaderno viejo o simplemente quiere empezar a cuidar a los suyos de una forma más natural, le digo que se anime. Eso sí, empiece despacio. No todas las hierbas son para todo el mundo. Lo que aprendí este mes sobre sanar con lo que hay en la cocina me enseñó que la paciencia es el ingrediente principal.
Para quienes están empezando desde cero, les recomiendo mucho mirar el curso de Recetas Naturales Curativas. A diferencia de otros que son muy técnicos, este se siente como estar en la cocina con alguien que sabe. Me ha ayudado a organizar las ideas que mi abuela dejó sueltas y a tener la confianza de que lo que pongo en la mesa es seguro. Es un camino bonito, de mucho respeto por la tierra y por la salud de los que uno quiere. Al final del día, después de cerrar la oficina de la finca, no hay nada como el aroma de una tisana bien hecha para recordar por qué estamos aquí, cuidando este pedazo de montaña.
Y recuerde, lo que siempre le digo a mi prima cuando me pregunta por alguna receta: yo le comparto lo que sé y lo que me ha servido a mí, pero usted no deje de ir a sus controles médicos. Las plantas acompañan, pero el médico es el que manda cuando la cosa se pone seria.