
Noventa grados centígrados: ese es el límite que no dejo pasar cuando pongo el agua a calentar para un baño de ortiga verde. Ni un grado más, ni un hervor fuerte. Después de una jornada larga en el cafetal, con las pantorrillas pesadas como si tuvieran piedras adentro, ese detalle de la temperatura resulta ser la diferencia entre un remedio que sí ayuda con la circulación de las piernas y uno que se queda en agua caliente sin más. Esto es lo que he ido armando cruzando los remedios de mi abuela, anotados en su cuaderno, con lo que enseña un curso de plantas que sigo por internet: cómo usar la ortiga para la circulación de las piernas cansadas, paso por paso, con lo que de verdad funciona y lo que no.
¿Cuál ortiga sirve para la circulación en las piernas cansadas?
Mi abuela la llamaba simplemente ortiga y la usaba para 'despertar las venas', como decía ella. En el curso la nombran Urtica dioica (ortiga mayor), y aclaran que es distinta de otras ortigas más pequeñas que también pican pero no sirven igual para esto. Es la misma planta que crece silvestre en los bordes húmedos junto al cafetal, y puede llegar al metro y medio de altura si nadie la corta. La reconozco por las hojas dentadas y ese vello finito que apenas se ve, pero que deja marcada la mano de cualquiera que la toque sin cuidado.

Guantes de cuero, no manos desnudas
Voy a cortarla a la Vereda La Florida, donde el camino baja hacia la quebrada y la ortiga crece en la sombra, antes de que suelte flor del todo, así conserva mejor lo que sirve para esto. Mi abuela la recogía con las manos peladas; decía que ese picotazo le aliviaba las articulaciones. Yo prefiero mis guantes de cuero, los mismos que uso para las herramientas pesadas, porque esos pelitos que arden dejan la piel hinchada un buen rato si uno no se cuida, y no tengo tiempo de andar con las manos así antes de hacer la cena.
Corto solo las matas más jóvenes, las que todavía no han soltado toda su flor, y las llevo enseguida a la cocina para que no se marchiten con el sol del mediodía.

La proporción de ortiga y agua que uso
Para un baño de pies me alcanza con un puñado grande de hojas frescas por cada olla mediana de agua, ni la báscula ni los mililitros entran en esta cuenta, aquí se trabaja al ojo, como aprendí viendo a mi abuela. Si las hojas están un poco más secas o llevan un día cortadas, agrego un poco más, porque sueltan menos color al agua. El curso, en cambio, sí maneja una medida más exacta para quien lo prepara en frasco, pero en la cocina de la finca esa precisión se pierde apenas uno mete las manos.
El agua no debe hervir a borbotones
Pongo el agua en la olla de peltre y la dejo subir hasta un hervor suave, sin que llegue a borbotear con fuerza, el curso insiste en bajar el fuego justo antes de ese punto, y mi abuela hacía lo mismo sin termómetro, con solo mirar cuándo las burbujas empezaban a subir como ojitos de pescado. Echo las hojas, tapo la olla y la dejo reposar mientras hago otra cosa, casi siempre organizando los papeles de los jornales del día, hasta que el agua toma un color oscuro parejo.
Una lectora de Manizales, Tulia, que fue enfermera y lleva toda la vida sembrando hierbas sin haberlas nombrado nunca en latín, me escribió una vez para corregirme el tiempo de reposo de otra receta, con una precisión que impone respeto, la clase de detalle que solo da la práctica de años. Desde entonces reviso el reloj con más cuidado, aunque siga confiando más en el color del agua que en el minutero.

¿Cómo sé si el baño está funcionando?
No lo mido con fórmulas. Meto los pies en el agua tibia y lo primero que llega es un hormigueo que sube desde los tobillos, como si la sangre encontrara por fin el camino que tenía trancado de tanto subir y bajar por las laderas. Esa sensación de frescura contra el calor del agua es la señal más clara, más que cualquier reloj.
Cuando termino y voy a lavar la palangana en el mesón de cemento del patio, el frío de esa superficie contra las manos es un golpe directo, un contraste tan fuerte con el calor que todavía tengo en los pies que por un momento se me olvida el cansancio del día.
La señal que más confío, sin embargo, no la vi en el agua sino sirviendo tinto una mañana: el encargado de los recolectores me preguntó si había estado de vacaciones, porque me vio subir la loma sin el arrastre de siempre en las piernas. No hay manera de medir eso en un cuaderno, pero para mí vale más que cualquier número.
Cuándo la ortiga no ayuda, sino que complica
Aquí es donde el curso agrega algo que mi abuela nunca mencionó, seguramente porque en su época no se hablaba así de las plantas: si las piernas ya tienen las venas muy marcadas o la piel delicada, un baño caliente y concentrado de ortiga puede irritar más de lo que alivia. Es algo que le repito a cualquiera que me pregunte, familia o no: si ese es su caso, mejor bajar la temperatura, usar menos hojas, o de plano preguntarle primero al médico antes de meter los pies en esa agua oscura.
Lo mismo aplica si ya toma medicamento para la presión o para la sangre; las hierbas no son inofensivas solo porque sean del patio, y eso hay que decirlo aunque a veces no guste escucharlo.
Lo que no me sirvió, y con qué sí me quedo
Antes de llegar a la ortiga, gasté en unos suplementos vitamínicos importados que se supone ayudaban con esto mismo, y la verdad no noté nada: ni las piernas más livianas ni más ánimo al final del día, solo el frasco a medio terminar en la alacena. Comparado con eso, un puñado de hojas del patio y veinte minutos de agua caliente rinden mucho más.
Ese cuaderno manchado de café se ha vuelto la brújula de casi todo lo que preparo en esta cocina, y la ortiga es apenas una entrada más entre docenas. También me ha servido volver a lo que escribí sobre las plantas para calmar la ansiedad y dormir mejor en épocas de estrés, porque el cansancio de las piernas y la cabeza que no se apaga casi siempre llegan juntos en esta época de cosecha.

También probé tomarla en infusión, pero el sabor es fuerte y me cae pesado al estómago si no he comido bien, así que me quedo casi siempre con el baño de pies, o alterno con lo que ya escribí sobre usar ajo para bajar la presión arterial de forma natural cuando la circulación en general anda lenta y no solo las piernas.
Le conté esto a Yurany, una amiga con la que llevo un buen tiempo intercambiando notas de estas recetas; vive en Manizales y siempre se adelanta a probar todo antes que yo; para cuando terminé de contarle sobre el baño de ortiga, ya me había mandado la foto de sus propios pies metidos en el agua oscura, sin que se la pidiera.
No soy enfermera ni tengo estudios de medicina, solo una administradora de finca tratando de rescatar lo que mi familia ya sabía del patio. Algo parecido me ha tocado aprender con las rodillas después de tanto agacharme entre los surcos, y con la retención de líquidos que a veces se suma al cansancio de las piernas, aunque esas son historias para otro día. Lo que sí le digo siempre a quien me pregunta, familia o lector, es que cualquier hierba puede mezclarse mal con un medicamento recetado, y que antes de empezar a experimentar por su cuenta con esto de la salud natural y el bienestar en el campo, lo más sano es preguntarle al médico primero.