Eran pasadas las cinco de una madrugada fría de noviembre cuando sentí que la garganta no me pasaba ni el aire. Aquí en la finca, cuando el rocío todavía cubre los cafetales y el frío baja de la montaña con fuerza, cualquier descuido en la cosecha se le cobra a uno en el cuerpo. Tenía esa molestia punzante, como si tuviera pedacitos de vidrio cada vez que tragaba saliva, y sabía que el día iba a ser largo entre planillas de recolección y logística de secado.
Antes de que el primer trabajador llegara por su tinto, me fui para la cocina. Algunos cursos que he tomado en Hotmart mencionan que el Thymus vulgaris es una maravilla, pero para mí, el tomillo siempre será esa mata de ramas chiquitas que mi abuela mantenía en una maceta de barro cerca del lavadero. Algunos de los materiales que consulto llegan por enlaces de Hotmart; por cada inscripción me dan una pequeña comisión que no le cuesta más a quien la compra, pero yo solo hablo de lo que ya probé en mi cocina o estudié con juicio.
El cuaderno de 2022 y el alivio del campo
Busqué en el cajón de los cubiertos el cuaderno de recetas de mi abuela. Ella murió en 2022 y desde entonces ando descifrando su letra pegada. Encontré una nota de ese mismo año que ella llamaba 'el alivio del campo'. No decía cantidades exactas, solo hablaba de un puñado generoso y agua 'antes de que salte'. Me quedé pensando en cuántas veces ella me preparó esto de niña y yo ni le ponía cuidado a cuántas hojas arrancaba del jardín.
Salí al patio con la linterna. El aroma terroso y ligeramente picante del tomillo fresco mezclándose con el olor a café recién tostado en la cocina de la finca es algo que no se me va a olvidar nunca; es el olor de la mañana en el Eje Cafetero. Corté unas cuantas ramas, todavía húmedas, y volví adentro para empezar la prueba.
Lo que aprendí a las malas: no todo es hervir
La primera vez que preparé la infusión cometí el error de principiante. Puse las ramas en el agua y las dejé hervir a borbollones mientras organizaba unos costales. Cuando me serví la taza, el líquido estaba oscuro y sabía a rayos. Resultó en un líquido amargo e imbebible que tuve que desechar ahí mismo en el sifón. Me dio rabia conmigo misma por desperdiciar la hierba.
Ahí es donde uno agradece tener a mano algo como el curso de Recetas Naturales Curativas. En el material explican que el tomillo tiene aceites volátiles como el timol y el carvacrol (que pueden estar entre el 20% y el 55% del aceite esencial de la planta) y que si uno los hierve mucho, se pierden las propiedades y solo queda el amargor. El curso dice que se debe infusionar, y mi abuela decía 'antes de que salte'. Al final, decían lo mismo con palabras distintas.
Aquí en Pereira, estamos a unos 1411 metros de altura, lo que significa que el punto de ebullición del agua es de unos 95.3°C. No es como en la costa. Hay que estar muy pendiente de la paila. Lo que hice después fue calentar el agua hasta que empezaron a salir esas burbujitas chiquitas en el fondo, apagar el fogón y ahí sí echar el tomillo.
La receta de la abuela ajustada a la finca
Para que a usted le funcione como a mí, le cuento cómo lo hago ahora que ya le cogí el tiro. Uso un puñado de tomillo fresco —si está seco, use menos porque el sabor se concentra— y lo dejo reposar tapado. La clave, según los expertos y lo que ahora entiendo de las notas de mi abuela, es el tiempo de infusión recomendado para hierbas con aceites volátiles, que son unos 10 minutos exactos. Ni más ni menos.
- Un puñado de tomillo fresco (o una cucharadita si es seco).
- Una taza de agua a punto de hervir (los 95.3°C de mi Pereira querida).
- Una cucharada de miel de abejas de la región o un pedacito de panela.
- Unas gotas de limón si la garganta está muy roja.
Ese calor suave que baja por el esófago y la sensación de que la inflamación cede después del tercer sorbo lento es lo que me convence de que no todo son pastillas de la farmacia. Es como si el cuerpo recibiera un abrazo desde adentro. A veces, cuando la cosa está muy pesada, también uso el eucalipto para la congestión nasal si siento que el frío se me subió a la cabeza.
¿Tomillo para todo el mundo? No siempre
Hace unos cuatro meses, una amiga que canta en el coro de la iglesia me preguntó si el tomillo le servía para una presentación. Yo me acordé de lo que leí en uno de los módulos de Aprende Plantas Curativas sobre las propiedades astringentes de la planta. Resulta que el tomillo puede resecar las cuerdas vocales si se usa en exceso, y para alguien que depende de su voz y necesita hidratación constante, puede ser contraproducente. Le dije que mejor se tomara una infusión de orégano o algo más suave.
Es curioso cómo una planta que es tan buena para desinfectar y calmar el dolor puede no ser la mejor opción para todo el mundo. Por eso yo siempre digo que uno tiene que conocer su propio cuerpo. Yo no soy médica ni herbolaria, solo soy una administradora de finca que lee los cuadernos de su abuela y trata de no enfermarse en mitad de la cosecha.
Reflexiones entre surcos de café
Durante las lluvias de abril, volví a usar el tomillo casi a diario. Me di cuenta de que si uno deja marchitar un poquito las hojas antes de ponerlas en el agua, el aroma sale más puro. No sé por qué mi abuela lo hacía, pero en el cuaderno hay una mancha de café justo al lado de donde dice 'dejar al aire una hora'. Son esos detallitos los que no vienen en los libros técnicos pero que hacen la diferencia en el sabor.
A veces me pongo a pensar que si no hubiera encontrado ese cuaderno, estaría gastando una fortuna en jarabes químicos que me dejan aletargada para trabajar. El tomillo me mantiene despejada y me quita esa sensación de tener una lija en el cuello. Eso sí, lo que yo le digo a mi prima cuando me pregunta: si usted toma remedios para la presión o tiene alguna condición de esas raras, mejor pregúntele primero a su doctor. Las plantas son potentes y uno no puede andar jugando a la ruleta con la salud.
Un par de semanas después de la cosecha, cuando el ritmo baja un poquito, me siento a comparar lo que dice el cuaderno con lo que aprendo en el curso de Recetas Naturales Curativas. Me gusta ver cómo la ciencia moderna a veces solo le pone nombres difíciles a lo que las abuelas ya sabían por puro instinto. Si usted está buscando una forma de cuidar a los suyos con lo que tiene en la huerta o en el mercado de la esquina, este tipo de guías ayudan mucho a no cometer los errores que yo cometí al principio.
Al final del día, después de haber lidiado con camiones y recolectores, sentarme con mi taza de tomillo y miel es mi momento de paz. Siento que el legado de mi abuela sigue vivo en mi cocina, y que cada sorbo es una forma de darle las gracias por haberme dejado sus secretos escritos en ese cuaderno viejo. No es solo medicina, es memoria.