Cómo preparar té de hierbabuena para el dolor de estómago fuerte

Cómo preparar té de hierbabuena para el dolor de estómago fuerte

Una noche de lluvia hace un par de meses, después de una de esas cenas pesadas que a veces compartimos con los trabajadores cuando la jornada se alarga en la cosecha de mitaca, sentí un dolor de estómago tan fuerte que me obligó a levantarme de la cama buscando alivio en la cocina. El frío de la montaña en Pereira se metía por las rendijas, y el sonido del agua golpeando el techo de zinc parecía aumentar la presión que sentía en la boca del estómago. No era un malestar cualquiera; era de esos que te doblan y te hacen pensar que algo no está bien. En medio de la penumbra de la finca, con la única luz de la linterna del celular, me vi buscando desesperadamente algo que calmara ese incendio interno.

Abrí el cajón de madera de la cocina, ese que todavía huele a la canela y al clavo que guardaba mi abuela, y saqué el cuaderno de recetas que encontré poco después de que ella nos dejara en 2022. Sus páginas están amarillentas y tienen manchas de café y aceite, pero su letra inclinada sigue siendo clara. Allí, entre una receta de bizcochuelo y otra de conservas, encontré lo que buscaba: 'Agua de hierbabuena bendita para cuando el cuerpo se cierra'. Ver esas palabras me trajo un recuerdo inmediato de ella sentada en el patio, deshojando ramas con una paciencia que yo, a mis treinta y tantos y con la presión de administrar esta finca, a veces siento que he perdido.

El encuentro con la planta en la oscuridad del patio

Salí al patio con las botas de caucho mal puestas, sintiendo el barro frío bajo los pies. La hierbabuena (o Mentha spicata, como la llaman en el curso de Hotmart que empecé a ver los domingos) crece con una fuerza increíble cerca del lavadero, donde siempre hay un poco de humedad. Alumbré con la linterna y busqué las hojas más verdes, evitando las que tenían manchas café por la humedad de los días anteriores. Recordé un video del curso que decía que no hay que arrancar la raíz, que la planta es generosa si se le trata con respeto, permitiendo que siga dándonos medicina durante toda la temporada.

Manos recolectando hojas verdes de hierbabuena fresca en el patio de una finca cafetera.

Al tocar las hojas bajo la lluvia, sentí ese aroma fresco y penetrante que parece limpiar el aire. Al estrujarlas un poco entre mis palmas para despertar su espíritu, como decía ella, liberaron un aceite pegajoso y frío que se quedó impregnado en mis dedos. Es curioso cómo una planta tan sencilla puede tener tanta fuerza. Recogí un puñado generoso, lo que cabía en mi mano cerrada, y regresé a la cocina temblando un poco, no solo por el frío, sino por los espasmos que me seguían apretando el abdomen.

La importancia de la altitud y el fuego

Aquí en Pereira, estamos a unos 1411 metros sobre el nivel del mar, y eso cambia las cosas en la cocina, aunque uno a veces se olvide. El agua no hierve a la misma temperatura que en la costa o en ciudades más bajas. Aquí, el punto de ebullición del agua se alcanza a unos 95 grados Celsius, lo que significa que el calor es diferente y la extracción de las propiedades de la hierba también lo es. Mi abuela no sabía de termodinámica, pero tenía una frase que me vino a la mente mientras ponía la ollita de peltre al fuego: "el agua busca la hoja, la hoja no busca el fuego".

Esa noche, en mi afán y por el dolor tan berraco que tenía, cometí el error de tirar las hojas directamente al agua mientras hervía a borbotones. El resultado fue una bebida de un color verde oscuro, casi café, que sabía amarga y metálica. El curso de Hotmart que estoy haciendo explica que la hierbabuena contiene carvona, un compuesto orgánico que ayuda a relajar el tejido muscular del tracto digestivo, pero que si se hierve demasiado, esos aceites esenciales se pierden y lo que queda es la amargura de la fibra. Tuve que botar esa primera tanda y empezar de nuevo, esta vez respetando el tiempo de la montaña.

La receta de la abuela: Infusión lenta para el alivio real

Para preparar el té de hierbabuena para un dolor de estómago fuerte, aprendí que la clave no es la fuerza del fuego, sino la paciencia del reposo. Esta es la forma en que finalmente logré que funcionara esa noche, siguiendo las notas al margen del cuaderno y ajustándolas con lo que ahora sé sobre los tiempos de infusión:

Taza de barro con infusión de hierbabuena humeante tapada con un plato pequeño.

Al destapar la taza, el aroma ya no era agresivo como el de la primera tanda fallida. Era un olor dulce, limpio, que de entrada ya me hacía sentir que el pecho se me abría. No le puse azúcar ni miel, porque mi abuela decía que cuando el estómago está 'bravo', el dulce es como echarle leña al fuego. Me senté en el banquito de la cocina, escuchando la lluvia, y empecé a tomar sorbos pequeños, dejando que el líquido tibio hiciera su trabajo.

Una sensación que recorre el cuerpo

Lo que sentí después del segundo sorbo es algo difícil de explicar si uno no ha vivido en el campo. Es una sensación de calor suave que se expande desde el pecho hacia el abdomen, como si alguien pusiera una mano tibia justo donde más me dolía. Los espasmos, que antes eran como nudos apretados, empezaron a soltarse. No fue un alivio instantáneo de magia, pero sí un descenso gradual de la tensión. Me quedé allí unos veinte minutos, en silencio, dejando que la hierba hiciera lo suyo en mis entrañas.

Mientras terminaba la taza, pensaba en lo mucho que me falta por aprender de este cuaderno. A veces me siento abrumada con la administración de la finca, los tiempos de abono, el manejo de los recolectores y el papeleo, pero estos momentos en la cocina me devuelven a la tierra. Como escribí hace poco en mi diario de campo, Entre cafetales y el cuaderno de mi abuela: Lo que aprendí este mes sobre sanar con lo que hay en la cocina, hay una sabiduría en las plantas que no se encuentra en las facturas ni en los rendimientos por hectárea.

Detalle de una receta escrita a mano en el cuaderno antiguo de la abuela.

Cuando la hierbabuena no es la solución

Sin embargo, no todo es color de rosa con los remedios caseros, y eso es algo que mi abuela también mencionaba, aunque de otra forma. Ella decía que "no toda agua es para toda sed". Resulta que beber té de hierbabuena muy concentrado puede empeorar el dolor estomacal si lo que padeces es reflujo o acidez fuerte. Esto pasa porque la misma propiedad que relaja los músculos del estómago también relaja el esfínter esofágico, esa 'puertita' que evita que el ácido suba. Si esa puerta se relaja de más, el ácido asciende y el dolor en el pecho se vuelve insoportable.

Esto me pasó con mi primo el año pasado. Él sufre de reflujo crónico y, pensando que le hacía un bien, le preparé una infusión cargadísima de hierbabuena durante un almuerzo familiar. A los diez minutos estaba peor que antes, con una quemazón que no lo dejaba ni hablar. Ahí fue cuando entendí que, aunque yo use estas recetas para mi familia, no soy médico ni yerbatera profesional. Lo que a mí me sirve en una noche de lluvia después de comer frijoles, a otro le puede causar un incendio en el esófago.

Agua calentándose en una olla de peltre sobre una estufa rústica de finca.

Lo que le digo a mi familia cuando me preguntan

Siempre que alguien en la finca me ve con el cuaderno y me pide un remedio, les digo lo mismo que le digo a mi prima cuando me pregunta por WhatsApp: estas aguas son ayudas, son caricias para el cuerpo, pero no reemplazan la visita al doctor. Especialmente si el dolor de estómago viene acompañado de fiebre, o si es algo que se repite todos los días, o si están tomando medicamentos para el corazón o la presión. Las hierbas tienen químicos naturales que pueden chocar con las pastillas de la farmacia, y uno no quiere terminar haciendo un daño por querer hacer un bien.

Yo no tengo formación formal en nutrición ni en medicina; solo soy una administradora que intenta rescatar lo que su abuela dejó escrito entre manchas de café. Por eso, si el dolor es muy fuerte y no cede, o si usted sabe que sufre de condiciones crónicas, lo más sensato es consultar con un profesional antes de ponerse a experimentar con cualquier mata, por más bendita que parezca.

Vista de los cafetales desde la ventana de la cocina con hierbas frescas en primer plano.

Reflexiones desde la cocina de la finca

Esa noche de marzo finalmente pude volver a dormir. El dolor se fue retirando como la neblina cuando sale el sol sobre los cafetales. Al día siguiente, volví a mis labores habituales: revisar el secado del café, organizar los bultos para el transporte y verificar que el personal tuviera todo lo necesario. Pero me quedó esa sensación de haber reconectado con algo antiguo y necesario. La hierbabuena sigue allí, creciendo junto al lavadero, esperando bajo la lluvia de Pereira a que alguien necesite su consuelo.

Preparar una infusión es mucho más que poner hojas en agua. Es entender el clima, la altitud, el estado de la planta y, sobre todo, escuchar lo que el cuerpo nos está pidiendo. Mi abuela dejó en ese cuaderno una herencia que vale más que la misma finca, porque me enseña que, en medio de las prisas de la vida moderna y las exigencias de la cosecha, siempre hay un espacio para el silencio, el vapor de una taza de barro y el aroma de la montaña que cura desde adentro.