
Al caer la tarde en el cafetal, cuando ya el sol empieza a esconderse detrás de los filos de las montañas de Risaralda, el resplandor que queda sobre las hojas de café me deja una sensación de arena en los ojos que ni el sombrero más ancho logra evitar. Es un cansancio pesado, una picazón que se siente justo detrás de los párpados y que me recuerda que, por mucho que uno quiera a esta tierra, el sol de julio no perdona. Durante la cosecha de mitaca, que nos ha tenido corriendo de un lado a otro desde principios de año hasta mediados de este julio, mis ojos han sentido el rigor de la altitud y la luz constante de una manera que no recordaba de años anteriores.
Llegué a la cocina el martes pasado con los ojos tan rojos que mi primo me preguntó si me había entrado algún bicho rastrero mientras revisaba los lotes. Pero no era eso; era simplemente el agotamiento de la vista. Buscando alivio, abrí el cuaderno de mi abuela, ese que encontré en un cajón de la cocina poco después de que ella nos dejó en el 2022, y encontré la página donde ella anotó cómo preparar 'fomentos' para los recolectores que venían con la vista quemada por el sol o irritada por el polvo del camino. Ella no usaba palabras complicadas, solo decía que la manzanilla (Matricaria chamomilla) tenía el poder de 'enfriar el alma de la mirada'.
El resplandor del cafetal y el cuaderno de mi abuela
En el Eje Cafetero, la radiación UV es mayor debido a la altitud en la que estamos. Aquí en Pereira, a unos 1411 metros sobre el nivel del mar, la atmósfera es más delgada y el sol pega con una fuerza que a veces uno ignora por estar acostumbrado al clima. Esa fatiga ocular fotosensible no es solo cansancio; es una respuesta de la piel y los nervios de los ojos ante tanta luz. Mi abuela lo sabía por puro instinto, aunque ella nunca leyó un manual de oftalmología.
En su cuaderno, la receta para los ojos estaba escrita con una letra un poco temblorosa pero firme en las instrucciones. 'Ponga a calentar el agua, pero no la deje rabiar', decía. Yo me quedé pensando en eso de 'no dejarla rabiar' mientras recordaba el curso que hice por internet hace unos meses sobre herbolaria básica. El curso decía que si uno hierve la planta directamente, puede degradar los flavonoides y perder parte del contenido de chamazuleno, que es ese compuesto azuloso tan especial del aceite esencial de la manzanilla.

Lo curioso es que, según el curso, el contenido de chamazuleno en una buena manzanilla suele estar entre el 2 a 5 por ciento, y para que se libere bien sin quemarse, el agua tiene que estar en el punto justo. Aquí en Pereira, por la presión de la altura, el agua alcanza la temperatura de ebullición del agua a unos 95°C. Mi abuela, sin termómetros ni cursos, sabía que el agua 'rabiando' (hirviendo a borbotones) era demasiado para la delicadeza de la flor.
Preparando la infusión con paciencia paisa
Para mis ojos cansados, decidí preparar la infusión siguiendo sus tachones, pero aplicando ese toquecito técnico que aprendí sobre no usar el agua hirviendo directamente. Usé un puñado generoso de flores secas que ella misma había dejado colgadas en el patio antes de morir. Me gusta pensar que esas flores todavía guardan algo de su paciencia. Puse el agua a calentar y, apenas vi las primeras burbujitas pequeñas en el fondo de la olla de barro, la bajé del fuego.
El tiempo de infusión recomendado es de unos 5 a 10 minutos. Si uno la deja menos, no saca el bisabolol, que es otro compuesto antiinflamatorio potente de la planta; pero si se pasa, la infusión se vuelve amarga y hasta un poco pesada. Mientras esperaba, el aroma inundó la cocina. Es un olor que me devuelve a las tardes de domingo de mi infancia, cuando ella nos limpiaba la cara después de jugar entre los matorrales. Es increíble cómo un olor puede ser un puente tan directo hacia el pasado.
Una tarde de sol intenso el mes pasado, intenté hacerlo con bolsitas de té compradas en el supermercado porque estaba de afán, pero no fue lo mismo. No sé si es sugestión mía, pero la flor entera, con su centro amarillo y sus pétalos blancos, parece tener más fuerza. Además, la manzanilla de las bolsitas a veces viene muy pulverizada y se escapa por la tela, terminando dentro del ojo, lo cual es lo contrario a lo que uno busca. Como yo siempre digo, es mejor tomarse el tiempo de colar bien una infusión de flores de verdad.

El secreto de la temperatura y el alivio verdadero
Aquí es donde entra algo que aprendí por las malas y que el curso también mencionaba. Mucha gente cree que para los ojos cansados lo mejor es el frío extremo, casi hielo. Sin embargo, en mi experiencia, aplicar compresas demasiado frías de manzanilla puede empeorar la inflamación ocular si el sol causó algo parecido a una quemadura leve en la superficie. El frío extremo causa una vasoconstricción muy brusca. En cambio, un calor suave, apenas tibio, ayuda a que los conductos de las glándulas de los párpados se abran y el ojo se lubrique solo.
Mi abuela decía: 'Ni tan frío que pasme, ni tan caliente que queme'. Ella buscaba ese punto medio que uno solo encuentra tocando el frasco con el dorso de la mano. Si el sol le ha dado muy duro a uno durante el día, el calor suave es técnicamente más beneficioso para sanar los tejidos que el frío de nevera. Esto me ha servido mucho no solo para los ojos, sino también cuando he tenido que usar remedios para otras partes del cuerpo, como cuando preparo sábila para quemaduras de sol y cortes menores en el campo, donde la temperatura del remedio cambia totalmente el resultado.
Después de varias semanas de uso recurrente, he notado que mis ojos ya no se sienten tan 'arenosos' al final de la jornada. He aprendido a no esperar a que me ardan para prepararme mis fomentos. Ahora, cuando sé que voy a estar muchas horas en el lote más alto de la finca, donde el sol refleja más fuerte, dejo la infusión lista desde el mediodía para que repose con calma.
El momento del ritual en el corredor
Cuando la infusión ya estaba tibia, busqué dos retazos de tela de algodón bien limpios. Mi abuela usaba pañuelos de hilo que guardaba solo para esto. Sumergí las telas, las escurrí un poquito y me fui para la poltrona del corredor, el lugar donde mejor corre el aire en toda la casa. Me recosté, cerré los ojos y coloqué las compresas. Siento el contacto de la tela de algodón húmeda y pesada sobre mis párpados, filtrando una luz naranja suave mientras el calor se disipa poco a poco.
Es un momento de silencio absoluto, solo interrumpido por el sonido de los pájaros que regresan a los árboles. En ese ratico de descanso, el peso del párpado se desvanece. Siento cómo la manzanilla, con su bisabolol y sus aceites, va relajando los músculos que estuvieron tensos todo el día tratando de enfocar entre el brillo de las hojas. Pienso en cuántas tardes mi abuela preparó este mismo frasco de vidrio mientras veía el mismo atardecer sobre las montañas de Risaralda, y me doy cuenta de que este cuaderno es mucho más que recetas; es su forma de seguir cuidándonos.

A veces, si el día ha sido muy pesado, me quedo ahí unos quince minutos. Es el único momento del día en que no estoy pensando en la logística de los recolectores, ni en el precio del grano, ni en las cuentas de la cooperativa. Es un espacio para mí y para recuperar la vista. Entender que recuperar estas recetas no es solo por salud, sino por mantener vivo el ritual de cuidado que ella practicaba en esta misma casa me da una paz que no se compra con nada.
Lo que yo le digo a mi prima cuando me pregunta
Hace unos días, mi prima vino quejándose de que tenía los ojos muy secos por culpa del viento y el sol. Yo le compartí un poco de mi infusión, pero siempre le digo lo mismo: 'Vea, esto es muy bueno y a mí me sirve una maravilla, pero si usted siente que la vista se le nubla o si el rojo no se le quita con nada, tiene que ir donde el médico'. Yo no soy doctora ni tengo formación formal, solo soy alguien que intenta traer de vuelta lo que la abuela sabía, pero entiendo que las plantas también tienen sus límites.
Además, aunque la manzanilla es de las hierbas más nobles que hay, hay personas que pueden ser alérgicas a las plantas de la familia de las margaritas. Siempre es bueno probar un poquito en la piel del brazo antes de ponérselo en los ojos, que son tan delicados. También hay que tener cuidado si uno está usando gotas formuladas; yo siempre prefiero esperar un buen rato entre una cosa y la otra para no hacer un sancocho en el ojo. Aprender sobre plantas medicinales para cuidar la salud de mi familia ha sido un camino de mucho respeto y de entender que cada cuerpo reacciona diferente.
Este mes me pasó que intenté mezclar la manzanilla con un poquito de ruda porque alguien me dijo que era bueno para 'limpiar', pero ¡qué va! Eso me ardió horriblemente y tuve que lavarme rápido. Ahí entendí que con los ojos no se juega y que la receta de la abuela, tal cual estaba en el cuaderno —solo manzanilla y agua limpia—, es la que funciona. A veces uno por querer inventar más, termina haciendo menos.

Al final, lo que me queda es la satisfacción de ver el mundo un poquito más claro después de cada compresa. Ya no me despierto con esa sensación de pesadez en la mirada, y aunque el trabajo en la finca sigue siendo duro, sé que al final del día me espera ese ratico de calma en el corredor, con el olor a manzanilla y el recuerdo de mi abuela acompañándome. Es un alivio que va más allá de lo físico; es un alivio para el espíritu que tanto necesita uno cuando vive del campo.
Si usted decide probar estas compresas, hágalo con calma. Tómese el tiempo de sentir el agua, de oler la flor y de dejar que sus ojos descansen de verdad. Y como siempre le digo a mi gente aquí en la finca, si tiene cualquier duda o una condición médica seria, lo primero es hablar con su doctor de confianza. Las plantas están para ayudarnos, pero el conocimiento médico está para protegernos.