
Caminaba yo a finales de marzo por el borde de los secaderos de café, ahí donde la niebla de la mañana todavía se queda pegada a las vigas, cuando ese olor me frenó en seco. No era el aroma dulce del grano secándose ni el rastro de la tierra mojada; era algo más agudo, una ráfaga grisácea y amarga que me devolvió de un golpe a la cocina de mi abuela paterna. Ahí estaba, una mata de ajenjo plateado que ha crecido cerca de la casa desde que tengo memoria, alcanzando ya casi los 1.2 metros de altura (Artemisia absinthium, como le dicen ahora en los libros técnicos), balanceándose con el viento frío de Pereira.
Me quedé mirándola un rato, pensando en cómo ella siempre decía que esa planta era la 'madre de todas las hierbas' para limpiar el cuerpo por dentro. Antes de seguir con el cuento, debo decirles que yo no soy médica, ni nutricionista, ni pretendo serlo; solo soy la administradora de esta finca que intenta no dejar morir lo que aprendió en el patio. Algunos de los cursos que menciono aquí me dan una pequeña comisión de Hotmart si alguien se inscribe, lo que me ayuda a mantener este blog, pero solo hablo de lo que yo misma he probado en mi cocina o estudiado a fondo en mis ratos libres después de la cosecha. Al final, lo que yo siempre le digo a mi prima cuando me pregunta: antes de tomar cualquier cosa, consulte con su doctor, que cada cuerpo es un mundo y las plantas tienen su fuerza.
El cuaderno manchado y la entrada para 'los bichos'
Ese mismo domingo por la tarde, después de despachar la logística de la semana, me senté en la mesa del comedor con el cuaderno de recetas de mi abuela. Lo encontré en 2022 en un cajón de la cocina, justo detrás de los limpiones, y todavía tiene esas manchas circulares de tazas de café que ella apoyaba mientras escribía. Busqué con calma hasta que encontré la página que buscaba: 'Para los bichos', decía con esa letra de ella, ya un poco temblorosa por los años, pero firme en el trazo. Ella no escribía sobre 'desparasitación sistemática', ella hablaba de limpiar la casa interna.
Al leerla, me di cuenta de que mi abuela confiaba ciegamente en el ajenjo para cuando sentíamos esa pesadez o ese cansancio que no se quitaba con sueño. Recordé que ella solía decir que si uno tenía la lengua blanca o el estómago rugiendo de más, era hora de 'amargar la vida de los inquilinos'. Mirando el cuaderno, me pregunté si ella realmente medía los gramos o si su mano simplemente sabía cuándo parar; sus instrucciones eran siempre 'un puñadito' o 'lo que quepa entre tres dedos'.

Mi primer intento y el error del hervor
Como soy terca, a finales de marzo decidí que yo también necesitaba esa limpieza. Recogí unas hojas, las puse en la olla y cometí el primer error de principiante: las dejé hervir por diez minutos, pensando que entre más tiempo estuvieran al fuego, más efecto tendrían. El resultado fue un líquido negro, espeso y tan terriblemente imbebible que casi me hace desistir de todo el proyecto. El amargor era una cosa de locos, algo que se te mete por los poros de la nariz antes de tocar la lengua.
Aun así, por pura disciplina, le di un sorbo. Sentí un calor sordo que subía por el esófago inmediatamente después de tomar la primera taza en ayunas, seguido de un rugido estomacal que me asustó un poco. El sabor metálico y persistente del ajenjo se quedó pegado en la parte de atrás de la lengua incluso después de comer una naranja para intentar quitármelo. Ahí entendí que mi abuela, aunque no tuviera títulos, sabía algo que yo ignoraba: el ajenjo no se trata con fuerza, sino con respeto.
Fue entonces cuando decidí cruzar lo que decía el cuaderno con el módulo de digestión del curso Recetas Naturales Curativas que estaba haciendo por esos días. El curso explicaba que el ajenjo contiene absintina, uno de los compuestos más amargos que existen, y que hervirlo demasiado solo extrae las partes más agresivas y amargas, perdiendo la sutileza de sus aceites esenciales.
Lo que el curso me enseñó sobre la seguridad
Durante las lluvias de mayo, mientras el café se demoraba en madurar, me dediqué a estudiar más sobre la planta. El curso de Hotmart mencionaba algo que mi abuela nunca escribió: la tujona. Resulta que el ajenjo tiene este aceite esencial que, si se usa en dosis muy altas o por mucho tiempo, puede ser pesado para el sistema nervioso. El curso recomendaba no pasar de los 3 gramos de hierba seca por infusión para un adulto, una medida mucho más precisa que el 'puñadito' de la abuela.
También aprendí a identificar plantas medicinales silvestres en el campo sin errores, porque hay otras matas que se le parecen pero no tienen la misma fuerza. Mi abuela siempre hacía un ciclo tradicional de desparasitación de 3 días, y el curso coincidía en que no se debe extender el uso del ajenjo por más de una semana seguida. Es una planta de choque, no una para tomar todos los días como si fuera agua de panela.

La receta ajustada: el vehículo de fruta
Hace unas tres semanas volví a intentarlo, pero esta vez siguiendo el consejo del curso de usar un 'vehículo'. Mi abuela a veces mezclaba la infusión con un poquito de zumo de limón, pero el curso sugería que para que el ajenjo no sea tan agresivo con la mucosa del estómago, es mejor combinarlo con una base de fruta o verdura.
Lo que hice fue preparar la infusión de ajenjo (esta vez solo dejando reposar las hojas en agua caliente, sin hervirlas, por unos tres minutos) y luego mezclar esa agua, ya fría, con un batido de papaya. La papaya tiene sus propias enzimas que ayudan a la digestión, y el sabor dulce ayudaba a camuflar ese amargor metálico que tanto me había costado la primera vez. Me sentí mucho mejor haciéndolo así; ya no sentía ese fuego en el pecho, sino una sensación de ligereza que me duró todo el día.
Si usted sufre de otros problemas digestivos constantes, quizás le sirva mirar algo más específico como el programa sobre Gastritis y H.Pylori Natural, porque a veces lo que creemos que son parásitos es en realidad una inflamación que requiere otro tipo de plantas más suaves, como cuando uno busca remedios caseros para limpiar el hígado graso.
Una advertencia necesaria: el ajenjo y los niños
Aquí es donde me separo un poco de lo que hacía mi abuela, y es por pura precaución que aprendí leyendo más. Ella nos daba ajenjo a todos cuando éramos chiquitos, pero hoy en día sabemos que el ajenjo puede ser tóxico para los niños. Su sistema nervioso todavía se está formando y la tujona puede causarles reacciones feas, incluso convulsiones si la dosis se pasa.
Por eso, aunque la receta de la abuela diga que es para toda la familia, yo hoy les digo: no se lo den a los niños. Para ellos hay cosas mucho más suaves y seguras. Lo mismo si usted está embarazada o lactando; el ajenjo es una planta muy potente y es mejor dejarla para cuando el cuerpo no esté en esos procesos tan delicados. Es lo que yo le digo a mis trabajadores aquí en la finca: la naturaleza es botica, pero no es juego.

Reflexiones desde el patio de secado
Terminar el ciclo de tres días me dejó una satisfacción extraña. No es solo que me sienta más ligera o que los ruidos del estómago se hayan calmado, es sentir que el cuaderno de mi abuela no es un objeto muerto en un cajón. Al combinar sus 'puñaditos' con los gramos y las advertencias de los cursos modernos, siento que estoy cuidando la finca de una manera más completa. Ya no solo produzco café; ahora veo cada rincón del patio como una posibilidad de bienestar.
A veces me quedo mirando la mata de ajenjo, que ya casi llega a mi hombro, y me pregunto qué pensaría ella de verme pesando las hojas en una gramera digital. Seguro se reiría y me diría que la mano sabe más que la máquina, pero yo prefiero este equilibrio. Si a usted le interesa empezar este camino de entender qué tiene sembrado en el solar, le recomiendo mucho el curso de Recetas Naturales Curativas, porque ayuda a quitarle el miedo a las plantas y a usarlas con la seguridad que nos falta a los que no somos expertos.
Al final del día, después de recorrer los cafetales, me tomo mi última taza de algo suave —quizás una manzanilla para bajar el ritmo— y agradezco tener estas herramientas. Recuerde siempre, que esto no reemplaza la cita con su médico; si usted siente que algo no anda bien, vaya a que lo revisen profesionalmente. Yo solo les cuento cómo me va a mí en esta cocina de montaña, tratando de honrar lo que me dejaron mientras aprendo lo nuevo.