
Una hoja de albahaca le baja el martilleo a una cabeza que se pasó la mañana entre los patios de secado, o es el cuento bonito que nos contamos las que crecimos con abuela. En la vereda Combia, en Risaralda, el sol le pega directo al café y a uno por igual, y todo el mundo tiene una opinión sobre los remedios de albahaca y sobre el dolor de cabeza natural que uno busca cuando el cuerpo ya no da más. La mía venía envuelta en cariño por las recetas de la abuela, que es la peor manera de tener una opinión: sin revisarla.
La respuesta corta, la que le doy a quien me pregunta, es que la albahaca acompaña y no reemplaza. En el bienestar de finca, que aquí se mide en cansancio del cuerpo y no en spa, sirve como un rato de calma tibia después de un día de sol, y el cuaderno de mi abuela la trata justo así, como consuelo y no como medicina de farmacia. Lo que cambia todo es cómo, cuándo y sobre qué piel se usa. Alrededor de esa hoja circulan tres ideas equivocadas, las tres las he oído en la finca, y las voy desarmando una por una.
Mito uno: que la albahaca quita el dolor de cabeza como una pastilla

En el cuaderno de mi abuela la página se titula albahaca de monte; la que tengo sembrada es la albahaca blanca (Ocimum basilicum), y con ella salgo a cortar un puñado de hojas tiernas cuando el sol me dejó la frente ardiendo. Las que ya empiezan a espigar las dejo quietas, porque ella anotó al margen que la flor amarga el remedio y le quita fuerza a la hoja.
Pero cortar bien la hoja no la convierte en analgésico. El curso de Hotmart habla de aceites de la planta que, según explican, ayudarían a calmar la inflamación; mi abuela los llamaba «el espíritu de la planta», el que sosiega la sangre caliente; y a mí me funcionó, más que cualquier compuesto, el rato de quietud que uno se regala mientras la taza reposa. Son tres maneras de contar lo mismo, y ninguna promete que el dolor se vaya por decreto. Cuando la cabeza me martilla después de un día de patio, primero van el agua, la sombra y sentarme un rato; la albahaca viene después, de compañía.
¿Hay que hervirla a borbotones? El punto del agua y el porqué de la tapa

Otra idea que anda por ahí dice que entre más hierva el agua, más suelta la hierba. El curso dice 90 grados Celsius para las hojas tiernas, justo antes del borboteo, para no quemar los aceites delicados. Yo no tengo termómetro, así que espero a que aparezcan burbujitas chiquitas en el fondo del pocillo, como le vi hacer a mi abuela, y ahí retiro el agua. Dejarla hervir de más me ha echado a perder tisanas, y no por falta de ganas.
Las hojas van en la taza, las tapo y las dejo reposar unos diez minutos, que es lo que marca el curso. El cuaderno insiste en la tapa: «Si el humo se va, el remedio se vuela». Mientras esperaba, de una olla de poleo que hervía para la cena me llegó un olor que me devolvió de golpe a la cocina de mi abuela, y por un rato dejé de contar los minutos.
Color verde pálido, casi dorado: así quedó la infusión, dulce al empezar y con un picantico que se queda en la lengua. Va sin azúcar ni panela, porque para los dolores de cabeza la abuela quería la hierba limpia. Se toma despacio, y ahí termina la parte que sí se puede llamar receta.
Las hojas tibias sobre las sienes

Después de beberla saqué las hojas del fondo de la taza, todavía tibias y empapadas, y las envolví en una servilleta de tela de esas que ya están suaves de tanto lavarlas. Con el paño sobre la frente y las sienes llegó primero un escalofrío corto, cuando lo húmedo toca la piel ardiente, y después la cara se me fue aflojando.
Mi abuela decía que la albahaca «saca el calor para afuera». Pues no sé decirle si fue la planta, el paño tibio o simplemente parar; los cursos hablan de efectos sedantes de la hoja, y puede que sí, pero prefiero no jurarlo. Magnolia Ríos, mi amiga de la infancia, escéptica de toda hierba por principio, me admitió por teléfono que ella también se pone un paño tibio de hojas en las sienes cuando cree que nadie la ve. La compresa es un consuelo, no un tratamiento, y si el dolor no cede o vuelve seguido, la cita es con el médico y no con la mata.
Guardar la albahaca lejos de la cara mientras haya sol

La tercera idea es la que más daño hace: creer que, por ser natural, la hierba se puede untar a cualquier hora. Yo misma me apliqué zumo de albahaca fresca en la cara una mañana que amanecí con malestar, y luego salí a revisar los semilleros bajo el sol de la vereda; a los pocos días tenía unas manchas oscuras en las mejillas que antes no estaban. Me asusté bastante.
El curso de Hotmart le pone nombre: fitofotodermatitis, que según explican son manchas o quemaduras cuando ciertos compuestos de la planta se cruzan con la luz ultravioleta. Mi abuela no sabía el término, pero repetía que «la albahaca y el sol no se ven a la cara», y por eso hacía las compresas al caer la tarde o lavaba muy bien la piel después. De ahí salió mi regla: hojas sobre la piel solo cuando ya entré y no voy a volver a salir al sol, y enjuago bien la zona al terminar. Si aparecen manchas o la piel se irrita, se lo muestro a un médico en vez de inventarme otro remedio.
Para cuando lo que pesa son los nervios y no la cabeza, escribí antes sobre cómo usar el té de valeriana para los nervios tras días pesados; ahí también aplica lo del médico.
Lo que dejan las recetas de la abuela y lo que no se queda en mi cocina

No todo lo que probé salió bien. Las mezclas de hierbas que compré en la plaza, sin saber prepararlas como era, no me hicieron ningún favor, y la vez que le eché un poco de ruda a la albahaca porque alguien me dijo que era más fuerte para la cabeza, el olor se me hizo insoportable y terminé con más náuseas que antes. Natural no quiere decir que sirva para todo el mundo ni en cualquier mezcla.
Entre el curso y el cuaderno no hay que escoger bando. El curso me dio la advertencia sobre las manchas y un nombre para lo que pasa; el cuaderno me dio el ritual, el orden de las cosas y la costumbre de escuchar el cuerpo después de cada sorbo o cada compresa. Como bienestar de finca, eso alcanza para una tarde de sol; para lo demás está el médico.
Lo que le digo a mi prima cuando me pregunta, y lo que le digo a usted: si los dolores de cabeza son constantes, si toma medicación (la de la presión, por ejemplo) o tiene alguna condición de salud, hable primero con su médico. Yo no tengo formación médica, y lo que me sirve a mí, que me paso el día caminando entre cafetales, puede que no le sirva a alguien que vive en la ciudad. Las hierbas también pueden chocar con los remedios de farmacia, y eso no se nota en la taza.
Cuando llegan las lluvias, la albahaca se queda descansando y saco el jengibre; ya conté cómo preparar té de jengibre para subir defensas durante las lluvias de invierno, porque cada temporada trae su propia necesidad. Por ahora me quedo con la página del cuaderno que tiene la mancha de café y con la regla que me dejó: la hoja se usa puertas adentro, lejos de la cara mientras haya sol.