
No sabía qué decirle a un recolector que llevaba tres días tosiendo mientras el aguacero no daba tregua. Esa pregunta me rondó la cabeza toda la tarde, con el golpeteo del agua contra el techo de zinc y el aire tan cargado de humedad que se le mete a uno hasta los huesos. Dos de los muchachos del patio de secado llevaban una tos seca, de esas que avisan que el frío ya hizo nido en el pecho, y yo, mientras colaba el café, no dejaba de mirar hacia el lindero de la quebrada, donde el árbol de saúco debía estar ya cargado de flores blancas. Aquí en el Eje Cafetero, cuando las lluvias se encadenan así, las defensas de todo el mundo bajan al mismo tiempo que sube la humedad, y ese es justo el terreno donde mi abuela confiaba en sus remedios de saúco para la tos.
No tengo formación de herbolaria ni nada que se le parezca, y eso se lo repito a mi hermana cada domingo que me llama. Lo que sé, pues, lo he ido armando entre el cuaderno de recetas que le encontré a mi abuela en una gaveta de la cocina en 2022 y lo que voy entendiendo de un curso de plantas que estoy tomando por Hotmart, que me ayuda a ponerle nombre botánico a lo que ella hacía por costumbre. Ver a la gente enferma esa tarde fue el empujón que me faltaba para abrir esa página manchada de café donde ella guardaba sus trucos para el invierno.
El árbol del lindero y la fe de mi abuela
Mi abuela paterna llamaba al saúco el protector de los pulmones, y de chiquita yo pensaba que era una exageración más de las suyas. Revisando sus apuntes ahora, me doy cuenta de que esa fe no era gratuita. En el curso de botánica lo nombran Sambucus nigra, y dicen que es un árbol que se amaña en las laderas húmedas como las de aquí, en el corregimiento de Tribunas. El que tenemos junto a la quebrada ya debe rozar los 10 metros, que es más o menos lo máximo que alcanza esta especie cuando nadie lo poda ni lo estorba.
Fui por las flores un ratico que escampó, hace ya unas tres semanas. Cada ramillete tiene decenas de florecitas diminutas, de cinco pétalos parejos, blancas con un fondo casi cremoso contra el verde oscuro de las hojas. El olor es dulce, con un fondo que recuerda un poco al almizcle, y esa tarde se mezcló con el de la tierra mojada que entraba por la puerta de la cocina hasta devolverme, por un rato, a la cocina de mi infancia.

No se coma las flores recién cortadas
Aquí es donde casi meto la pata. Mi abuela siempre secaba las flores o las pasaba por agua hirviendo antes de usarlas, pero a mí la curiosidad me ganó y estuve a nada de morder una recién cortada, así cruda. Por suerte me acordé de un video del curso que advertía sobre el lado mañoso del saúco: las flores, y sobre todo los tallos verdes y las hojas, traen unos compuestos que llaman glucósidos cianogénicos.
Justo esa semana me escribió Tulia Ospina, una lectora de Manizales que fue enfermera y que cultiva hierbas desde siempre, preguntando por qué el calor neutraliza ese compuesto y no simplemente el tiempo de espera. Le tuve que contestar que ahí se me acaba lo que sé, que el curso lo explica a otro nivel y que yo me quedo con la parte práctica: hervir bien o secar bien, sin atajos. Si uno se come las flores crudas, o deja colar pedacitos de tallo verde en la infusión, se puede ganar una toxicidad estomacal de esas que no se olvidan, y después de ver a la gente con el pecho tomado por el frío, no quería sumarle a nadie un dolor de estómago.
Separar cada florecita del tallo es trabajo de hormiga, pero lo hice con calma, revisando que no quedara nada verde pegado. Eso fue lo que aprendí de este paso: con la salud de la gente de la finca no hay afán que valga un atajo.
¿Vasija de barro o cronómetro de curso?
En el cuaderno, mi abuela anotó que las flores debían reposar en una vasija de barro, tapada con un paño limpio, sin más instrucción que esa. El curso de Hotmart, en cambio, es más estricto: para sacarle los flavonoides a la flor sin arruinarlos, el tiempo de infusión recomendado es de 15 minutos, ni uno más. Pasado ese punto la bebida se pone amarga, y antes de tiempo lo que uno toma es agua caliente con olor a flor.
Puse el agua a calentar y la retiré justo antes de que rompiera en un hervor fuerte, luego eché un puñado generoso de flores limpias en la jarra de barro. El leño del fogón crujió bajito justo cuando el agua empezó a temblar, y ahí, pues, me hizo pensar en cuánta prisa le metemos hoy a algo que antes se dejaba simplemente reposar.

Si la tos no afloja o el pecho empieza a chillar, lo primero sigue siendo el médico, y eso se lo digo a mi prima cada vez que me pregunta. Las plantas ayudan, pero no reemplazan una revisión profesional, sobre todo si uno ya toma remedios para la presión o cualquier otro tratamiento recetado; llevo tiempo repitiendo que las hierbas se cruzan con los medicamentos de farmacia más de lo que la gente cree, y el saúco no es la excepción. Para acompañarlo, a veces recomiendo preparar té de jengibre para subir defensas durante las lluvias de invierno, siempre sin exagerar la dosis.
Lo que cambió con las defensas después de la quinta semana
La neblina ya bajaba sobre los cafetales cuando serví las primeras tazas esa tarde, y el vapor subiendo de la cerámica me dio una calma que las cuentas de la finca nunca me dan. El primer sorbo bajó con un calor profundo por la garganta, como si uno se hubiera puesto una ruana por dentro sin que quemara. Para la quinta semana de tomarlo seguido en las noches más húmedas, ya dormía de corrido hasta que cantaba el gallo, a eso de las cinco y media, sin despertarme a media noche con la tos raspando. No sé si fue solo el saúco o la suma de dormir con la ventana bien cerrada, pero el cambio se notó.

Le conté esto a mi amiga Yurany Ocampo, allá en Manizales, y ella, como siempre, fue directa: me recordó que un mes atrás había gastado en unas vitaminas importadas para subir las defensas y que no notó absolutamente nada, ni mejor sueño ni menos resfriados. A mí me pasó lo mismo cuando las probé, de pura curiosidad, en un viaje a Pereira por insumos de la finca, parada cerca del Parque Olaya Herrera; ese gasto se quedó en lección, no en resultado.
Suplementos importados y flores con moho
No todo salió bien esta semana de pruebas. Intenté secar una tanda de flores al sol en el patio, pero con tanta lluvia la humedad se impuso y un par de ramilletes sacaron un hongo grisáceo que tuve que botar enseguida. Ahí quedó clara otra regla: si la planta no se ve impecable, no se usa, por más que uno quiera aprovechar hasta la última flor.
También probé lo que dice el curso sobre endulzar con miel para potenciar el efecto en la garganta, y la verdad no me convenció tanto como pensaba. Mi abuela lo dejaba natural, o con un trocito de panela cuando el frío apretaba de verdad, y después de las dos pruebas me quedo con el sabor sin nada encima: deja la boca limpia y no tapa el gusto de la flor.

Antes de poner a hervir su primera taza
Si tiene un saúco cerca, anímese, pero con juicio: confirme que sea la especie correcta, porque no toda flor blanca del lindero es saúco, y nada de comerse flores crudas como si fueran dulce de feria. El secado completo o la infusión bien hervida son los que garantizan que el remedio no termine peor que la tos que uno quería calmar. Si la molestia es más de nariz tapada que de pecho, lo que mejor me ha funcionado es el vaho de eucalipto, y para el dolor de garganta sin tos me inclino por el tomillo, aunque esas ya son otras páginas del cuaderno. Y si sufre de los riñones, de la presión o anda con algún tratamiento recetado, mejor pregúntele a su médico antes de volverse un consumidor frecuente, que eso también se lo digo a la gente de la vereda.
Hasta en cosas que parecen más sencillas, como cuando alguien me pregunta por remedios con ajenjo para los parásitos intestinales según mi abuela, insisto en lo mismo: las plantas son potentes y cada cuerpo responde distinto. Sigo con el cuaderno en mano, anotando qué funcionó y qué no, para que esa sabiduría no se quede enterrada entre el afán de todos los días.

Mañana, si escampa, vuelvo al lindero a ver cómo sigue el árbol, firme contra el viento como lleva años estándolo. A la pregunta de qué le dice uno a alguien que amanece tosiendo, no tengo una respuesta de manual, pero sí tengo una taza de barro, una receta de mi abuela y la paciencia de esperar los quince minutos que hacen falta para que la flor suelte lo que tiene que dar.